24 de junio de 2023

Cuando ya no quede nadie

Esther López Barceló, Cuando ya no quede nadie. Ed. Grijalbo, 2023

Si las novelas surgen de los intereses, vivencias y convicciones (o dudas) de sus autores, seguramente sean en este caso el tiempo y el cariño compartidos con sus familiares, la experiencia profesional, el compromiso social y político y la sensibilidad literaria de Esther López Barceló los que se han concretado en una obra que merece ser leída. En tiempos difíciles como los actuales, lo que nos cuenta aporta cierta esperanza de que no se pierdan los avances logrados en las últimas décadas, como la Ley de la Memoria Histórica que se aprobó el mismo año en que transcurre parte del relato.
Las diferentes líneas temporales y la multiplicidad de protagonistas -una estructura compleja que la autora convierte en sencilla para los lectores- se muestran como recursos necesarios para reflejar la realidad de historias que, pese al tiempo transcurrido, siguen activas en el ahora. Esta influencia en el presente del pasado -aunque los personajes lo desconozcan, quizá aún en mayor medida por eso- se concreta, por ejemplo, en la transmisión entre generaciones de habilidades y somatizaciones.
«¿Qué será de nuestras lápidas cuando ya no quede nadie que nos recuerde?»
Cuando ya no quede nadie aborda las relaciones entre memoria y silencio, recuerdo y olvido, relato y omisión; la necesidad de saber enfrentada a los secretos familiares y a la invisibilización por parte de la historia oficial. Al leerla, conectaba con la definición de memoria familiar que hace Robert Neuberger (1995): "un proceso de selección de aquello que es conveniente olvidar, con el fin de sostener, mantener y transmitir el mito de un grupo familiar". El psiquiatra francés afirma que, para asegurar una identidad familiar, intentamos evitar elementos que singularizan demasiado, como una particularidad relacionada con el contexto social y político.
Si el yayo perdió su memoria, habrá que salir a buscarla.
El sentido de la memoria histórica se encarna con claridad cuando recoge una asamblea de familiares que luchan por la exhumación de fosas. Para sus miembros se trata, ante todo, de un imprescindible homenaje a las personas asesinadas y una forma de cerrar el círculo de la historia familiar y las heridas abiertas. Y, junto a otros personajes (Gabriel, Lucía, Pilar, Miguel) nos muestran la necesidad de narrar para crear lazos que posibiliten el encuentro.
-No, si a mí me gusta hablar de mi madre. Me duele, pero al mismo tiempo me hace bien. Necesito que todo el mundo sepa de ella, porque si yo me muero y mis hijas tampoco consiguen sacarla, tiene que haber alguien que siga intentándolo hasta el final. Me da mucho miedo que se la olvide cuando ya no quede nadie. Me da mucho miedo que se quede en la cuneta tirada para siempre, como si fuera un perro, como si no la hubiera querido nadie nunca.
Narrar, también, desde el género. Aquí vemos la importancia de contar desde las mujeres, como vía necesaria para recoger sus formas de sobrevivir económicamente y sostener a la familia, las dificultades para formarse, el dolor de la menstruación, los embarazos, abortos y partos. Al mismo tiempo, presenta varios modelos de marido y padre, sin caer en los tópicos del héroe y sin identificar automáticamente militancia política y conducta en el ámbito privado o en las relaciones de pareja. También reconoce el inevitable lugar de la muerte en nuestras vidas, algo que actualmente tendemos a invisibilizar. La habilidad de Barceló para transmitir emociones e ideas sin necesidad de ser explícita late en los cuerpos y objetos llenos de significados, cruciales en la trama de intriga que recorre su novela.
Por último, destaca otro aspecto a veces olvidado: la importancia de las condiciones materiales de vida. La guerra civil española no fue (solo) un enfrentamiento entre ideologías, sino entre quienes tenían el dinero o el poder y los que no. Se ve muy claro cuando Pilar ocupa los espacios en los márgenes, los que nadie quiere, porque cree que no tiene derecho a más...
En definitiva, una novela llena de información, emoción e historia, con un lenguaje cuidado, como ejemplifica la primera frase, que describe a la protagonista desde lo que vive como pérdidas... a las que se van sumando otras, pero que se convertirán en recuperaciones durante su viaje:
Ofelia tiene el pelo cano, cuarenta y siete años, un dolor ciático que viene y va, y un padre muerto hace media hora.

11 de octubre de 2020

Fahrenheit 451

Ray Bradbury, Fahrenheit 451 (1953)

Rencontrarse con algunos libros años después de la primera lectura provoca, inevitablemente, volver a sentimientos e ideas unidas a ese momento. Algunas proceden de las propias obras, pero otras formaban parte del contexto vital del pasado. Creo que ambas se mezclan y pueden llegar a confundirse, porque son ya inseparables.
 
En mis primeros años de adolescencia me fascinaba la ciencia ficción. Leí a Shelley, Wells, Asimov, Orwell, Bradbury, Clarke y Dick. Pero esa atracción se transformó de golpe en rechazo y, años más tarde, en incomodidad y sensación de tristeza. Coincidió con la muerte de mi padre; en aquellos días, lo recuerdo con claridad, estaba leyendo una recopilación de relatos de varios autores del género, que abandoné antes de devolver a la biblioteca. Como cuando el cuerpo, de manera instintiva, deja de comer  los platos que tomó justo antes de enfermar, me alejé casi por completo de estas historias.
Es curioso cómo se comporta la mente. En un artículo de prensa (Los fantasmas de los demás, El País, 16 de agosto de 2020), Andrés Barba contaba cómo, tras morir su padre, lo veía a veces andando por la calle; no confundiéndolo con otra persona de rasgos parecidos, sino siendo él. Al leerlo, caí en la cuenta de que a mí me pasó lo mismo. Como al escritor madrileño, no me suponía una sorpresa ni llegué a preocuparme por mi salud; era consciente de que se trataba de un efecto de la nostalgia y del proceso de adaptación a la nueva realidad. Suponía, incluso, cierto consuelo efímero, una oportunidad para recordar.
 

Con motivo del centenario del nacimiento de Ray Bradbury, he releído Fahrenheit 451. Una maravillosa sorpresa que, creo, ha contribuido a la lenta transformación de mis sentimientos hacia la ciencia ficción y las distopías; ahora me siento más cómodo con su lectura y vuelvo a tener curiosidad  por el género.
 
Esa nueva atracción por el texto va más allá de su poesía interna, que no recordaba. Quizá sea porque ha coincidido con una época en que doy muchas vueltas a nuestro uso de las tecnologías y lo que implican a la hora de relacionarnos con la realidad y dotar de contenido a nuestro tiempo. En este sentido, creo que hay interpretaciones de la novela que, por complacientes o por centrarse en lo accesorio, se alejan de las preocupaciones y objetivos de su autor.
 

Fahrenheit 451 presenta una sociedad en la que el principal problema no es, como se recuerda en el imaginario popular, la quema de libros. Es fácil sentirse indignado hoy ante la idea de destruir ejemplares. Sin embargo, creo que esa reacción no se debe tanto a la preocupación por el triunfo de la censura o la limitación del derecho de expresión y de la libertad de pensamiento, como por la influencia de un contexto económico en que se potencia el libro únicamente como objeto de consumo.
En El bibliómano ignorante, un ensayo del siglo II, Luciano se dirige a un interlocutor (seguramente hipotético y, por eso, en realidad a cada lector) para realizar una sátira sobre algunas costumbres que siguen vigentes: aparentar en público, el falso elitismo cultural, la compulsión de poseer solo para mostrar... En definitiva, el dar más importancia al objeto como fuente de estatus que al contenido como vía para acceder al conocimiento y la belleza. El comprador de libros al que interpela Luciano recuerdan a los influencers actuales, sujetos: siempre pendientes de aquellos que les halagan, y que a veces publican fotos en los que el libro sirve como complemento o, incluso (¡ay, Señor!) los "escriben".
 
Pero creo que para Bradbury, más lector apasionado que consumidor, los libros tenían un valor extraordinario por ser el vehículo para vivir una existencia activa, creadora y consciente. La desgracia de Montag o Mildred no es (solo) no leer, sino haber dejado de reflexionar y tener conversaciones significativas, sepultar la naturaleza bajo la artificialidad, perder el contacto con el mundo exterior (personas, lugares, ideas, crítica del sistema sociopolítico) y sustituir las emociones por una estimulación constante y pasiva. Eliminar el dolor supone acabar con los recuerdos, el deseo y el conflicto interno, morir en una vida anestesiada, convertirse en un recipiente vacío. Inquietantemente parecido a la corriente de positividad tóxica que nos invade.
 
De hecho, la sabiduría de Clarisse, uno de los detonantes de la toma de conciencia del protagonista, procede del pasado transmitido oralmente por su tío, de la convivencia familiar y la experimentación directa del mundo. En cambio, el villano Beatty sí ha tenido contacto con los libros, aunque retuerce su mensaje hasta utilizarlo como un arma.
 
Una obra tan llena de sugerencias como ésta dará lugar a interpretaciones contrapuestas, seguramente marcadas por la ideología y tendencias del lector y, en mi caso, en algunos puntos muy diferentes a las que parecía mantener el propio creador. Además de lo ya dicho, refuerza mi convencimiento de que la desinformación es pieza clave en cualquier proceso de dominación social: los habitantes de la ciudad prefieren vivir de espaldas a la guerra que se cierne sobre ellos, mientras consumen mensajes rápidos tan similares a nuestras redes sociales y a los programas de entretenimiento barato… Pero eso es ya contar demasiado.

13 de abril de 2020

Ex Libris: bibliotecas e inclusión social

Frederick Wiseman. Ex Libris: la Biblioteca Pública de Nueva York (2018)

El maravilloso documental Ex Libris: la Biblioteca Pública de Nueva York (disponible en Filmin) nos propone una amplia mirada a la actividad diaria de la NYPL y demuestra su imprescindible papel al servicio de la comunidad.

Todo creador sabe que las imágenes que selecciona y el orden en que las presenta favorecen cierta vía de interpretación. Sin embargo, su director, Frederick Wiseman, reduce todo lo posible esa inevitable influencia absteniéndose de añadir sus propias palabras a la de los protagonistas.

 Al dar la misma importancia a las voces de directivos, profesionales, usuarios, público y ponentes -al fijar por igual la cámara en todos  los rostros y reacciones- es coherente con una de sus ideas clave: quienes dan sentido a las bibliotecas son las personas. Los materiales que guardan, los recursos que facilitan y las actividades que ofrecen son útiles y significativos solo cuando cualquier miembro de la comunidad puede acceder a ellos para adquirir conocimientos, comunicarse o enriquecer su ocio.

Estoy seguro de que 'Ex Libris' sugerirá reflexiones muy distintas a cada espectador, según su propia biografía, intereses y relación previa con las bibliotecas. En este sentido, el documental es una fuente casi inagotable de ideas. En mi caso, me quedo con:

1. La confirmación de que las bibliotecas son un espacio fundamental para reducir las diferencias socioeconómicas y favorecer la igualdad de oportunidades, gracias a su potencial para detectar y adecuarse a las necesidades de cada barrio y colectivo.
Pueden, si cuentan con los recursos adecuados, facilitar apoyo educativo y medidas de inclusión digital para todas las edades (formación, asesoramiento directo, préstamo de equipos); generar espacios de encuentro, ocio, participación comunitaria y reflexión política; proponer actividades culturales gratuitas y de libre acceso (conciertos, encuentros con autores); atender eficazmente la diversidad y colaborar con el sector educativo y las entidades activas en el ámbito de la intervención social y el desarrollo local.


2. El potencial de combinar financiación pública (la NYPL compite junto con otras entidades por fondos municipales) y privada, sin perder de vista que se trata de lograr los objetivos definidos por el personal técnico de la propia institución, no por quienes aportan el dinero. Eso exige un esfuerzo por clarificar sus fines y comunicarlos de forma eficaz, haciendo consciente a toda la sociedad de su importancia.

3. El imprescindible papel de las personas en la selección de contenidos significativos y de calidad. Los algoritmos informáticos son solo herramientas al servicio de lo humano, no sustitutos.

4. Lo más importante de todo: muchas bibliotecas de nuestro entorno ya desarrollan, en la medida de sus posibilidades (dotación económica y de personal), propuestas similares. Por ejemplo, las bibliotecas públicas de Pamplona-Yamaguchi, Noáin, de Navarra o la de Civican. Merecen reconocimiento y demuestran que el modelo neoyorquino puede también aplicarse aquí para contribuir a mejorar la calidad de vida de toda la población.


22 de octubre de 2019

Yo, Daniel Blake

Ken Loach. Yo, Daniel Blake (2016)

Ken Loach sitúa el origen de esta película en la investigación que su guionista habitual, Paul Laverty, realizó sobre el sistema de protección social británico. La historia de Daniel y Katie se basa en algunos de los testimonios escuchados a personas usuarias y beneficiarias de los servicios de empleo y de las prestaciones económicas públicas. El director señala que descartaron las historias más duras, para que un excesivo dramatismo no fuese en contra de la claridad del mensaje.

La escena más reconocible de la película muestra cómo su protagonista realiza una pintada en la fachada del Jobcentre Plus donde es atendido. Creo que el significado profundo de este hecho se capta solo cuando se relaciona con los momentos anteriores y siguientes, sus causas y consecuencias inmediatas. Sin eso, queda en una anécdota efectista, adecuada para un tráiler  publicitario pero no para la reflexión que intenta generar.

El protagonista, Daniel Blake, muestra hasta poco antes mucho confianza en su capacidad para luchar y resistir, para encontrar soluciones incluso frente a un entorno que no controla. Sin embargo, vive tres episodios consecutivos que destruyen sus esperanzas: la incomprensión de un posible empleador, que no comprende cómo rechaza el puesto de trabajo que parecía estar buscando; el daño psicológico que generan el maltrato institucional y la penuria económica en Katie, obligada a convertirse en un objeto de consumo y a rechazar cualquier vínculo afectivo; los continuos reproches, amenazas y actitud agresiva de la rígida orientadora laboral que le han asignado.


Ante esos hechos, Daniel, veterano carpintero con problemas de corazón, claudica, se da por vencido. En su caso, el acto de protesta y rebelión, el exigir ser tratado con dignidad por el sistema, surge del reconocimiento de la derrota. Y, tan poderoso como injusto, el modelo económico convierte su lamento en un espectáculo público, una diversión momentánea. Una vez pasado el júbilo inicial, no hay consecuencias, ni tan siquiera una pequeña sanción. Aún más amargo es constatar que la policía le trata con mucha más comprensión y cuidado que el sistema de (supuesta) protección: él no es visto como un peligro para la seguridad pública, pero sí se le considera como un posible defraudador, un aprovechado, un vago, susceptible de ser expulsado de entre los merecedores de los bienes que reparte el orden establecido. Es tan solo un payaso irrelevante que ha tenido un minuto de fama, tras el cual no queda rastro.

Somos seres sociales y, de forma inevitable, la mirada de los demás sobre nosotros transforma nuestro autoconcepto. Daniel deja de verse como un miembro reconocido de la sociedad y descubre que está cayendo en la misma situación de invisibilidad que otras personas a las que ha comenzado a mirar gracias a Katie. Vacío por dentro, intenta desaparecer físicamente, encerrado en un piso también sin objetos. De ahí lo rescatarán tanto la solidaridad desinteresada entre iguales como instituciones centradas en defender los derechos de las personas tratadas injustamente por el sistema.


5 de agosto de 2019

Turistas

Vivo en el Casco Viejo de Pamplona desde hace casi diez años. Aquí, en menos de un kilómetro cuadrado se concentran 222 establecimientos de hostelería (uno por cada 51 habitantes) y más de 1800 plazas de alojamiento turístico (una por cada seis residentes).
En mi edificio, nueve de las once viviendas están ocupadas por apartamentos turísticos. Periódicamente atraen a grupos que, alentados por la falta de vigilancia, aprovechan para celebrar fiestas sin control, donde lo normal puede ser esparcir basura en el patio interior, vaciar extintores y convertir las zonas comunes en lugares para gritar, tumbarse o defecar. Lo que era un hogar seguro se ha convertido en un espacio donde quejarse por la conducta de los visitantes implica represalias: el buzón roto, una jamba de la puerta arrancada.
Además, el bar situado en el bajo intenta apropiarse, con sus mesas y toldo, de toda la fachada, incluyendo el acceso al portal, que convierten de hecho en parte de su terraza. Las autoridades municipales consideran que no deben hacer nada, a pesar de reconocer que concedieron la licencia saltándose su propia normativa. ¿Es ahora cuando se puede añadir el adjetivo "kafkiano"?

Ante tal realidad, no es extraño que esté especialmente sensibilizado contra la turistificación de las ciudades y un modelo de ocio basado exclusivamente en el consumo. Como a las administraciones públicas adoradoras del PIB como medida de todas las cosas el problema les importa poco, la situación es más complicada cada año.
Los problemas se agravan en Sanfermines, espacio para el todo vale. Por eso, intento no estar en la ciudad durante el mayor número posible de días. Junto a mi familia, huyo del barrio... y me convierto en un turista más, cómplice de la sobreexplotación, pérdida de identidad y uniformización de las ciudades. Ejerzo durante una semana de súbdito de una sociedad de mercado que instrumentaliza lo que deberían ser espacios para convivir.

Esta vez hemos ido a Polonia, nuestro primer viaje más allá del sol y la playa. Allí, he intentado generar el menor impacto negativo posible -o quizá solo quería establecer diferencias con la mayoría que me permitiesen autojustificarme y redujeran el sentimiento de culpabilidad-. He paseado sin objetivo definido y muy temprano, cuando las calles aún no habían sido invadidas por el resto de turistas. He visitando museos y pequeñas iglesias vacías. Nos hemos movido a pie o en transporte público. Hemos comprado en comercios locales. Sobre todo, hemos sido respetuosos con sus habitantes.
Sin embargo, en muchos momentos me he visto formando parte de las mismas olas de extraños, cenando en uno de los múltiples locales que aprisionan la Plaza del Mercado de Cracovia -un lugar que, por respeto a su historia, debería estar libre del circo de restaurantes que invaden sus cuatro lados- u ocupando el centro de Varsovia. Me inquietaba pensar en las personas que han visto trastocadas sus vidas por un turismo que no les genera beneficios, que destruye y es insostenible. En nuestra huida de un barrio inhabitable -lleno de sudor, orines, basura y ruido- les hemos trasladado una pequeña parte de esa incomodidad.

Es una batalla perdida. La sociedad del ocio como negocio ha encontrado un filón en el turismo de consumo que anestesia nuestras insatisfacciones, convierte viajar en una "necesidad" y nos impulsa a ahorrar para poder pagar las fotos que luciremos con orgullo al volver. Dudo de que sea suficiente con intentar poner en práctica buenos hábitos al viajar.

Posdata: ¿Por qué no ponemos en venta nuestro actual piso? Porque nadie en su sano juicio está dispuesto a trasladarse a un edificio ocupado en un 82% por turistas. Paradójicamente, en este barrio la especulación ha hecho que se disparen los precios de compra y alquiler. Las viviendas ya no son lugares para vivir, sino meras oportunidades de inversión.
Entonces, ¿por qué no nos trasladamos a otra zona de la ciudad? Es sencillo: no queremos sentirnos expulsados, ni obligados a cambiar hábitos por la presión de quienes se están beneficiando al convertir el barrio en un parque temático.

Posdata 2: Descubrí demasiado tarde la Cracovia de Wislawa Szymborska. Solo de casualidad encontré en la calle Radziwillowska la placa que recuerda donde vivió durante casi dos décadas. Me hubiese gustado sentarme en la cafetería Nowa Prowincja, algo así como el Café Gijón polaco...

Posdata 3: Para reflexionar sobre la naturaleza e impacto del turismo, conviene leer webs alejadas del mayoritario discurso complaciente. Entre mis favoritas están Turismografías, la Plataforma de Donostiarras preocupadas por el modelo de turismo, el Colectivo - Asamblea contra la Turistización de Sevilla, la Assemblea de Barris per un Turisme Sostenible y el Grupo de Estudios Antropológicos La Corrala.

6 de abril de 2019

Mies

Agustín Ferrer Casas, Mies. Grafito Editorial, 2019.

Buena parte de la vida profesional de Agustín Ferrer (Pamplona, 1971) ha estado dedicada a la arquitectura; al mismo tiempo, acumulaba premios en certámenes de cómic. Tras apostar por un cambio en su carrera, ha publicado desde 2014 cuatro novelas gráficas: Las apasionantes lecturas del Sr. Smith, Cazador de sonrisas, Arde Cuba y Cartas desde Argel.
Mies aúna ambos mundos y supone su mejor historia, donde demuestra de nuevo sus habilidades para construir personajes llenos de claroscuros, manejar la ironía, mostrar con fidelidad las décadas centrales del siglo XX apoyándose en una rigurosa base documental o usar la ficción para explicarnos de forma más clara la realidad.
Pero creo que aquí ha ido un paso más allá y ha crecido como artista hasta ser capaz de ofrecernos una verdadera obra maestra, editada a la altura por Grafito Editorial. Para mí, el buen arte es aquel que nos hace más felices mientras lo experimentamos, despierta nuestro interés por el mundo al que hace referencia y/o impulsa a participar activamente en lo que nos plantea, generando nuevas preguntas.
Este cómic consigue las tres cosas. Es una experiencia estética y literaria sobresaliente: el autor ha planificado perfectamente la estructura narrativa (por ejemplo, los saltos temporales refuerzan los mensajes que desea transmitir en cada momento) y, quizá emulando el deseo del propio Van der Rohe de meter la naturaleza en los edificios, las composiciones de página -que aquí son muy variadas- dan un protagonismo especial a las obras del arquitecto, convirtiéndolas en fondo con el que interactúan las viñetas.
Además, Ferrer Casas recupera recursos expresivos ya vistos en obras anteriores y que permiten un análisis del cómic como medio -el coloreado de las calles (Cazador de sonrisas) y los elementos que salen de las viñetas-, pero también añade nuevos: personajes traslúcidos que muestran el paso del tiempo en un solo espacio (en una doble página dedicada al Pabellón Alemán para la Exposición Internacional de Barcelona de 1929) y simetrías entre elementos de escenas diferentes (como las paredes de ónice del propio pabellón y la Mansión Tugendhat o el rostro de la esposa de van der Rohe al conocerlo y al abandonarlo).
En segundo lugar, Mies es una fascinante puerta de entrada al arte arquitectónico. El autor nos muestra, con una envidiable claridad pedagógica, la motivación y significado de las principales obras de uno de los más importantes arquitectos del siglo XX, pero su minuciosa documentación nos deja detalles y pistas para que podamos seguir investigando por nuestra cuenta: la influencia de San Agustín, quiénes eran Pius Pahl y ¿Grete Stern? ("protagonistas" de una escena que rememora, con sus juegos de sombras, el cine de espías), la historia de la Escuela Bauhaus, los tres cuadros -obra de Kandinski, Klee y Beckmann- de los que van der Rohe nunca se separó, etc.
Por último, esta novela gráfica va más allá de una reflexión sobre si Mies van der Rohe podía ser un gran profesional al mismo tiempo que una persona detestable para plantear, en un final lleno de poesía, una pregunta mucho más interesante: ¿merece la pena sacrificar a tantas personas, e incluso a uno mismo, en la persecución de un solo ideal?
Una lectura superficial podría hacer pensar que Agustín Ferrer es demasiado complaciente con su protagonista, en especial en los aspectos políticos. Sin embargo, hay que tener en cuenta que se limita a ceder la voz narrativa al personaje a través de sus recuerdos -tanto los que comparte como los que guarda para sí mismo- y pocos serían capaces de mirar con sinceridad plena su propia biografía. En este sentido, algo significan, además, las urracas presentes en muchos episodios de la vida de este genio de la arquitectura...
En definitiva, es un placer acercarse a este cómic sobre un artista que, al modificar su nombre, mantuvo el de "desdichado" (Mies en alemán) y alcanzó el éxito. Si van der Rohe hizo famosa la frase "Menos es más", en este caso podemos decir que, gracias a Agustín Ferrer Casas, "Mies es más".

7 de enero de 2019

Las chicas

Emma Cline, Las chicas. Ed. Anagrama, 2016.

Finales de la década de los sesenta, California. Principios del verano, catorce años.
Un tiempo en apariencia infinito por delante, apenas supervisado en la periferia por los adultos, sin más obligaciones y estructura que las marcadas por las horas en las que el sol obliga a buscar cobijo. La amistad como único centro, la formación de un grupo de iguales, el descubrimiento del deseo, la camaradería y la solidaridad, la naturaleza como espacio para ser libres y encontrar lo inesperado.
Siendo todo esto, Las chicas es el reverso tenebroso e inquietantemente realista de otras novelas de iniciación, un Cuenta conmigo sin concesiones a la esperanza.
Evie Boyd necesita, como todos nosotros, sentirse reconocida y apreciada; adolescente, no sabe esconderse a sí misma de ese anhelo, disfrazarlo y olvidarse de él con otras ocupaciones. El hambre de cariño e identidad, unida a la conciencia de que quienes la rodean en su vida diaria son tan imperfectos y están tan desorientados como ella en su búsqueda de afecto a trompicones, la lanzan en los brazos de una comuna alternativa. Desesperada por dar y recibir amor y protección, por sentirse parte de algo y huir de un mundo que la daña sin descanso, se vuelve ciega a la podredumbre, la violencia y las señales de alarma.
Aunque muchos comentaristas resaltan los elementos comunes con la secta de Charles Manson -por cierto, no entiendo la complaciente fascinación que genera en muchos artistas de la cultura popular-, creo que eso no es lo más importante del relato ni lo que lo convierte en una gran novela.
Con una prosa plagada de imágenes lúcidas y tan reveladoras que nos hieren y cuestionan, la autora utiliza esos hechos trágicos para desnudar nuestra naturaleza. Nos recuerda que el futuro en el que creíamos de jóvenes, cuando aún había tanto por delante, lleno de promesas y oportunidades desconocidas, luminoso y esperanzado como el más feliz de los veranos, se ha convertido en un presente más gris.
También que hay cosas que nunca dejamos de ser, como Evie, que en su madurez anhela y rechaza al mismo tiempo el contacto con otras personas, manteniéndose como espectadora de sus propias relaciones.
O que hay historias siempre repetidas, inevitables pese a todas las advertencias, cuando no queremos ver la realidad porque deseamos alargar la promesa de felicidad con una persona en concreto, como Sasha, uno de los personajes secundarios que desencadenan el recuerdo.
Y, por último, nos sitúa sin poder cerrar los ojos ante nuestra capacidad para odiar de múltiples formas, para hacer tanto daño como el amor que podemos dar, mucho más marcados por el contexto de lo que nos gusta creer. En este sentido, la novela parece más vinculada a reflexiones como El efecto Lucifer, de Philip Zimbardo, que a una insana nostalgia por la crónica de sucesos.

9 de septiembre de 2018

La residencia de estudiantes

Yoko Ogawa, La residencia de estudiantes. Ed. Funambulista, 2011.
«- Sí, vivir quizá sea lo más parecido a la sensación que tenemos cuando perdemos algo.»
«- Si te surge cualquier cosa, házmelo saber. Si te quedas sin dinero, si enfermas, si te pierdes…
- ¿Si me pierdo?
»
Pérdida, soledad, incertidumbre, silencio... Los protagonistas de esta novela breve giran en torno a un vacío relacionado con el cambio.

Al inicio del relato, la narradora espera el día en que abandonará Tokio para acompañar a su marido en Suecia. Mientras tanto, vive un tiempo entre paréntesis, que ocupa en actividades sin un fin concreto.

Tras muchos años sin relación, su primo contacta con ella para que le ayude a encontrar alojamiento en la ciudad donde comenzará la universidad. En un diálogo entre ambos, relaciona la «tensión en el pecho» que le genera este cambio con sus experiencias previas de pérdida.

Por último, el director de la residencia donde ella se alojó y que acoge al joven padece una degradación física paralela al del edificio aunque, como éste, lucha por sobrevivir.

Ninguno parece capaz de explicar con precisión qué le sucede. La indefinición se extiende a la naturaleza de la residencia y al pasado y motivaciones del anciano sensei. Ogawa sabe amplificar ese clima, ambiguo e inquietante, al presentar  elementos sin límites claros que contrastan con una estructura narrativa sencilla, un lenguaje exacto y algunas descripciones muy vivas. Por ejemplo, no hay nombres propios y se multiplican las referencias a zonas borrosas, cristales velados por la oscuridad y la lluvia, reflejos más definidos que el objeto original; al mismo tiempo, el marido ausente envía cartas plagadas de instrucciones concretas y la mirada se demora en los más pequeños detalles de una habitación.

La autora más vendida del Japón actual  fusiona con habilidad referencias muy distintas. Al unir elementos físicos con la sensación que generan recupera el tradicional mono no aware nipón. El detalle con que aparecen descritos los cuerpos y su potencial como objetos de un deseo obsesivo recuerda a Junichiro Tanizaki (La llave, Tatuaje). La presencia constante de lo irreal y lo extraño como marco que envuelve todo recuerda a su contemporánea Banana Yoshimoto (Amrita, Sueño profundo).

Pero lo que convierte esta novela de Yoko Ogawa en una obra a valorar más allá de su éxito comercial es la capacidad para seguir las convenciones del género de terror -tensión creciente, elementos recurrentes e insidiosos, personajes ausentes, casi fantasmales, pero con presencia en la obra- y abandonarlas en el momento justo, sustituyendo un final clásico por otro de carácter más simbólico y sugerente. Como las mejores historias, La residencia de estudiantes se queda rondando en la memoria y plantea preguntas que nos hacen mirar la realidad de otra forma.

13 de agosto de 2018

Deseos (Grace Paley)

Hace poco más de un año me acerqué por primera vez a los Cuentos de E. Hemingway y descubrí que entre sus mejores obras están los relatos más breves: Gato bajo la lluvia (1925), Colinas como elefantes blancos (1927) y El viejo en el puente (1938). Desde entonces, aprecio mucho más a quienes son capaces de expresar tanto en muy poco espacio, de crear historias, mínimas en lo externo pero amplias en significados, que se quedan rondando en la memoria días después de leerlas... Ahora, como efecto colateral e indeseado, sospecho de quienes parecen necesitar cientos de páginas o incluso varios volúmenes para expresar algo. Qué le voy a hacer.


Como su compatriota, Grace Paley presenta en Deseos (1974) sucesos aparentemente sin importancia -la devolución de dos novelas a la biblioteca, el encuentro casual de un antiguo matrimonio- que se convertirán para los lectores en ventanas abiertas a una realidad mucho más compleja y profunda. La autora es capaz de mostrar, en solo tres páginas, el carácter y motivaciones de los protagonistas y la dinámica de su relación durante casi treinta años.

Y si en lo narrado se pasa de la anécdota a lo general, también el estilo encierra otros significados. El relato está construido desde la oralidad, como si estuviésemos escuchando el monólogo de una ama de casa norteamericana de clase media; ella misma nos señala cómo "soy (...) conocida por mis comentarios afables". Esa sensación de informalidad se refuerza por la ausencia de guiones de diálogo, pero la apariencia superficial es muy distinta a la realidad: el relato sustituye progresivamente los comentarios sobre lo cotidiano por confesiones amargas, reflexiones inteligentes e, incluso, un tono lírico ("los pequeños sicomoros que la ciudad había plantado soñadoramente").

Entonces, ¿de qué nos habla Deseos a nosotros, convertidos en interlocutores privilegiados de  la narradora, a la que conocemos mejor que sus maridos y vecinos? Del paso del tiempo -hay referencias constantes a lo largo del relato-, de cómo lo llenamos con anhelos a veces invisibles para los demás, del modo en que nuestras expectativas nos separan y de que quien más parece desear es, a veces, el que tiene deseos más banales.

Los libros que entrega en la biblioteca actúan como una poderosa metáfora. Quizá no es casual que se trate de dos novelas de Edith Warton, una autora que criticó las convenciones sociales de su época a través de una prosa sencilla e irónica. Si ha necesitado que la acompañasen durante muchos años, el acto de llevarlos a la "nueva biblioteca", donde la encargada "se echó a la espalda mi pasado, dejó limpio mi expediente" puede representar un primer paso hacia un cambio vital más profundo.
Quizá el impulso inicial -la contemplación de unos árboles que han crecido a la vez que sus hijos y que "habían llegado a su plenitud"- la ha permitido reconocer el fin de los lazos que la ataban, máxime cuando ni sus maridos tienen "suficiente carácter para toda una vida".

Como en varios de los cuentos de Hemingway, solo podemos especular sobre qué decisiones tomará la protagonista. En este caso, me gusta imaginar que hará como Grace Paley, una destacada activista política, defensora de los derechos civiles y comprometida feminista y pacifista. A fin de cuentas, el relato se incluye en el libro Enormes cambios en el último minuto (1974)...

Después de leer Deseos, los Cuentos completos y la recopilación de textos La importancia de no entenderlo todo han entrado ya en la lista de autoras a explorar. Con su visión ácida e irónica sobre las apariencias de una pequeña comunidad norteamericana, no dejo de pensar en que este relato podría haber sido la madre putativa de series como Desperate Housewives o Big Little Lies :-)


1 de enero de 2018

Los huesos del invierno

Daniel Woodrell, Los huesos del invierno. Alba Editorial, 2013.

Qué malas son las etiquetas. Y qué buenas las obras capaces de superarlas.

Los huesos del invierno lo consigue: está construida con los elementos del canon de la novela negra, pero hilvanados de una forma que rompe con lo habitual y en un contexto que los dota de nuevas significaciones... O, mejor dicho, que recupera y actualiza su esencia básica, la de Hammett, Chandler y McDonald.

El detonante de la historia es la búsqueda de un delincuente desaparecido antes de su juicio. La estructura del relato combina diálogos ágiles -donde no faltan los duelos verbales y las amenazas- y acción -con armas implicadas y más de un golpe-. La protagonista que ejerce como detective es una mujer dura, capaz de hacer caso omiso a las continuas advertencias para abandonar el caso. Planea constantemente la sensación de que existe algo mucho más gordo detrás de lo que vemos; como lectores, pronto comenzamos a sospechar que hay relaciones ocultas entre los personajes, alianzas y enfrentamientos invisibles para quienes no forman parte de esa red. Es imposible estar seguros de quién ayuda de manera desinteresada y quién esconde otros intereses, quién dice la verdad y quién miente.

Y, también como en el relato negro clásico, importa menos la resolución del caso -esta no es una "novela problema", donde el ingenio encaja las piezas del enigma- como el retrato del contexto social donde transcurre. La investigación es la oportunidad para describir las disfunciones de un mundo capaz de generar un crimen así, de las dinámicas que convierten a todo un grupo social en víctimas sin esperanza en un futuro digno, da igual que sean inocentes o culpables, que sufran dolor o lo causen.

Ese es uno de los tres elementos que convierten la novela en algo especial: la capacidad para reflejar con realismo un entorno humano muy distinto a la sociedad ideal en la que nos gusta creer que vivimos (1). El segundo es el inteligente uso del lenguaje, igual de eficaz a la hora de hacernos sentir el frío del invierno en la meseta de Ozark (Missouri), explorar la mente de sus personajes,  generar tensión u ofrecernos momentos de verdadera poesía.

El tercero, por supuesto, es Ree, la protagonista, una joven de dieciséis años que ha abandonado los estudios y aspira a alistarse en el ejército como tabla de salvación. Mientras espera ese oportunidad, protege a una madre enferma y, consciente a su pesar de que libra una batalla perdida de antemano para salvar a sus dos hermanos pequeños de un futuro violento, intenta darles las herramientas para ser autónomos (cocinar, asear a su madre, disparar a las ardillas e, implícitamente, a las personas que se acerquen demasiado a su casa). Asistimos a sus sueños y anhelos, a su lucha interna entre la necesidad de encontrar una vida mejor y la lealtad a la familia, a una sutil historia de amor y deseo. E inevitablemente admiramos su valentía y obstinación, rogamos para que no le pase nada malo -maldita niña testaruda- y deseamos que pueda alcanzar un futuro mejor a aquel para el que parece predestinado todo su entorno.

Los huesos del invierno es pura novela negra. También una de las primeras obras del country noir, como defiende su autor. Pero lo importante es que se trata de una obra literaria digna en sí misma, sin necesidad de más etiquetas.

(1) Una autenticidad que, por cierto, se echa de menos en muchas de las actuales novelas policíacas de consumo. Demasiadas veces parece que los autores más vendidos repiten una fórmula estandarizada: elegir un tema de actualidad y volcar artificialmente en el relato la información que han recopilado.

22 de noviembre de 2017

Las manos de mi madre

Karmele Jaio, Las manos de mi madre. Ed. Ttarttalo, 2008.

¿Cuántas buenas autoras y autores me quedan por descubrir? Karmele Jaio era, hasta hace pocos días, una de ellas...

Las manos de mi madre rebosa de belleza, ideas y significados. Al mismo tiempo, está construida con un lenguaje en apariencia sencillo por la facilidad con que nos guía durante la lectura, por cómo se suceden sin esfuerzo las palabras (¡y qué difícil es conseguir ese efecto!). Primera novela de una poeta, entremezcla hábilmente las sensaciones y los pensamientos con el entorno físico en que se generan; en especial, me ha gustado cómo refuerza la exposición de sentimientos a través de metáforas físicas:

«Y que, como le ocurre a todo el que es consciente de que va a hacer una locura, siento corrientes de agua en mi interior, de un lado al otro, siento olas golpeando contra mi corazón, y me da la impresión de que la espuma que crean me va a salir por la boca en forma de palabras. Y, de repente, todo lo que me rodea adquiere formas redondeada, no hay bordes, no hay esquinas.»

Las mujeres protagonizan la trama -ellas son quienes hablan y toman decisiones- y cada personaje tiene elementos en común con otros: Luisa y Nerea son, en diferentes momentos de sus vidas, madre e hija, cuidadora y objeto de cuidado; Dolores y Maite constituyen el apoyo de Luisa y Nerea; Germán y Carlos representan el primer amor roto de forma dolorosa... Sus relaciones ejemplifican experiencias personales y dinámicas familiares universales y, sobre todo, muestran cómo influye el pasado en nuestras vidas, tanto aquello que recordamos como lo que se desconocía y es descubierto.

«Seis mujeres miran a la cámara y sonríen, inmersas en un universo en blanco y negro. Acerco la fotografía a la mano de mi madre e, igual que los recién nacidos se agarran al dedo que les toca la mano, mi madre toma la fotografía en su mano, como por un acto reflejo, como por inercia. Igual que Maialen tomó mi mano al poco de nacer.»

Nerea, la narradora, una periodista que toma conciencia de cómo el frágil equilibrio de su vida está en peligro, nos desvela por completo sus pensamientos, a veces recurrentes -hay muchos elementos que se repiten a lo largo del texto, como hilo conductor de la evolución de la protagonista-. Y también demuestra que el cambio es inevitable -«La que guarda en su recuerdo ya no existe», nos advierte- pero que podemos liberarnos del miedo y crecer. Para conocer cómo lo consigue, y para emocionarnos junto a ella, basta con sumergirse en este libro. Al finalizar, uno se pregunta qué será de Maialen, la tercera generación de esta familia de la que hemos formado parte, siquiera como testigos, durante ciento cincuenta páginas.

27 de marzo de 2017

Emigrantes: un artículo de Shaun Tan

Cuando preparaba una tertulia sobre Emigrantes, la obra más conocida de Shaun Tan, encontré un largo artículo escrito por el propio autor y disponible de forma parcial en su web.
Por su gran interés -para analizar la obra y el tema principal, como presentación de algunos elementos técnicos del cómic y reflexión sobre los significados de las obras artísticas- me animé a traducir el texto:

«Revisando gran parte de mi trabajo anterior como ilustrador y escritor, me doy cuenta de que me interesa permanentemente el concepto de “pertenencia”, en especial la búsqueda o la pérdida de la misma. No estoy seguro de si esto tiene algo que ver con mi propia vida; parece ser una preocupación subconsciente, más que consciente. Una de las experiencias que, quizá, haya contribuido a ello puede ser la de crecer en Perth, una de las ciudades más aisladas del mundo, entre un vasto desierto y un océano aún más extenso. En concreto, mis padres se instalaron en un suburbio recién creado del norte de la ciudad, desprovisto de cualquier identidad, cultura o historia propias.
Ser medio chino en un lugar en el que esto era bastante inusual podría haber agravado esta sensación, ya que constantemente me preguntaban “¿de dónde eres?”. Mi respuesta, “de aquí”, siempre generaba más preguntas. Por lo menos, era una atención mucho más positiva que el ocasional racismo de bajo nivel que experimenté cuando era niño.
Sin embargo, más allá de cualquier dificultad personal, creo que el “problema” de la pertenencia es una cuestión existencial sobre la que todo el mundo reflexionamos de vez en cuando, sobre todo cuando las cosas van mal o algo desafía nuestra cómoda vida diaria y nuestras expectativas (ese es, además, el momento en que comienza una buena historia). A menudo nos encontramos con nuevas realidades -escuela, trabajo, relación o país- que exigen reinventar nuestro concepto de “pertenencia”.
Esto era lo que más tenía en mente durante el largo periodo en que trabajé en Emigrantes, un libro que trata sobre su experiencia. Teniendo en cuenta mi preocupación por los “extraños en tierras extrañas”, era obvio que abordase ese tema: una historia sobre alguien que salía de su casa para encontrar una nueva vida en un país donde, además de no comprender el idioma, hasta los detalles más básicos y cotidianos resultan confusos. Es un escenario que había imaginado durante varios años antes de que cristalizara en algún tipo de forma narrativa.
El libro no tiene una sola fuente de inspiración, sino que representa la convergencia de varias ideas. Había estado pensado en una etapa un tanto invisible acerca de la historia de los chinos en Australia Occidental, en particular en una zona de South Perth, que ahora es un parque pero que hace un siglo fue un mercado. Hice un poco de investigación sobre quiénes eran esas personas y cómo se relacionaban con la comunidad anglo-australiana, y me motivó especialmente una historia corta, Wong Chu and The Queen’s Letterbox, del escritor australiano T.A.G. Hungerford, que se basa en los recuerdos infantiles del autor sobre un grupo de hombres incomprendidos y segregados, trágicamente separados de sus familias, que habían vuelto a China.
En cuanto a fuentes más cercanas, mi padre llegó en 1960 a Australia desde Malasia para estudiar arquitectura. Así conoció a mi madre, que trabajaba en una tienda de plumas técnicas. Las historias de papá son incompletas y se centran en detalles específicos -la comida desagradable, el tiempo demasiado frío o cálido, malentendidos divertidos, la soledad, etc-. Al investigar varias historias migratorias -comencé por la Australia de posguerra y luego amplié a los periodos de migración masiva hacia los Estados Unidos alrededor de 1900-, fueron los detalles cotidianos los que me parecieron más reveladores de una experiencia humana común y universal, tanto en el pasado lejano como en el más reciente. Tras recoger más anécdotas de amigos nacidos en el extranjero -y de mi pareja, de origen finés-, me di cuenta de los muchos problemas comunes a los que se enfrentan los migrantes, con independencia de su nacionalidad y destino: enfermedad, pobreza, pérdida de estatus social, falta de cualificaciones reconocidas en el país de acogida, separación de la familia.
Al intentar reimaginar tales circunstancias (de las cuales no tengo experiencia directa), el desarrollo de mi idea original sobre un libro de imágenes bastante convencional generó una estructura muy diferente. Parecía que una secuencia visual más larga y fragmentada, sin palabras, captaría mejor una cierta sensación de incertidumbre y descubrimiento que descubrí en mi investigación. También me llamó la atención la idea de tomar prestado el “lenguaje” de los viejos archivos pictóricos y los álbumes de fotos familiares que había estado viendo, que contienen tanto claridad documental como un enigmático silencio sepia. Se me ocurrió que los álbumes de fotos son solo otro tipo de libro de imágenes que todo el mundo hace y lee, una serie de imágenes cronológicas que ilustran la historia de la vida de alguien. Apelan a nuestra memoria y nos invitan a llenar las brechas silenciosas, animándolas con la adición de nuestra propia historia.
En Emigrantes, la ausencia de cualquier descripción escrita pone al lector en los zapatos de una persona inmigrante. No hay ninguna guía sobre cómo interpretar las imágenes, y nosotros mismos debemos buscarles significado. Las palabras captan de forma notable nuestra atención e influyen en cómo interpretamos las imágenes que las acompañan: en su ausencia, una imagen puede tener más espacio conceptual a su alrededor, e invita a una atención más prolongada de un lector que de otra manera podría fijarse solo en el texto más cercano, dejando de lado su imaginación.
(...)
El poder de la narración silenciosa no se muestra únicamente en la eliminación de la distracción de las palabras. También ralentiza al lector para que pueda reparar en cada pequeño detalle y en cada acción.
Por supuesto, esto supuso algún coste, ya que las palabras son vehículos maravillosamente adecuados para las ideas. En su ausencia, incluso describir las acciones más simples, como embalar una maleta, comprar un pasaje, cocinar o pedir trabajo, amenazaban con convertirse, al dibujarlo, en un ejercicio muy complicado, laborioso y potencialmente peligroso. Tuve que encontrar una forma práctica, clara y visualmente económica de guiar este tipo de narración. Inconscientemente, me había encontrado trabajando en una novela gráfica en lugar de en un libro de imágenes. No hay una gran diferencia entre los dos, pero quizá en una novela gráfica hay mucho más énfasis en la continuidad entre elementos múltiples; en realidad está más cerca en muchos aspectos de la realización de películas que de la ilustración de libros.
Nunca he sido un gran lector de cómics (había llegado a la ilustración como un pintor), por lo que parte de mi investigación se reorientó a estudiar diferentes tipos de cómics y novelas gráficas. ¿Qué formas tienen las viñetas? ¿Cuántas debe tener una página? ¿Cuál es la mejor manera de hacer una transición entre escenas? ¿Cómo se controla el ritmo de la narración, sobre todo cuando no hay palabras? Una referencia útil fue Entender el cómic. El arte invisible, de Scott McCloud, que detalla muchos aspectos del "arte secuencial" de una manera que es a la vez teórica y práctica, en especial porque es un libro de texto escrito muy hábilmente como un cómic. También noté que muchos cómics japoneses (manga) usan grandes extensiones de narrativa silenciosa, y explotan un sentido visual del tiempo que es ligeramente diferente del de los cómics occidentales, lo que me pareció muy instructivo. Simultáneamente, había estado trabajando hacía poco como director de animación para un estudio en Londres, adaptando La cosa perdida como un cortometraje (donde gran parte de la narración es silenciosa) y estudiando atentamente las técnicas utilizadas por los artistas y editores de storyboard en esa industria. Todas estas “investigaciones” contribuyeron a desarrollar el estilo y la estructura del libro a través de varias revisiones completas.
El proceso real de producir las imágenes finales llegó a ser más como la realización de películas que como la ilustración convencional. Consciente de la importancia de mantener la congruencia entre viñetas, junto con un interés estilístico por las primeras fotografías, construí físicamente algunos "escenarios" básicos con trozos de madera y cajas de nevera, muebles y objetos domésticos. Estos se convirtieron en modelos sencillos para las estructuras dibujadas en el libro, desde edificios altísimos hasta las mesas de desayuno. Con la iluminación adecuada, y algunos amigos actuando como los personajes trazados en los bocetos, pude grabar composiciones y secuencias de acción que se aproximaban a cada escena. Seleccionando imágenes fijas, jugué con ellas digitalmente, distorsionando, sumando y restando, dibujando sobre la parte superior y probando varias secuencias para ver cómo podían ser “leídas”. Se convirtieron en las referencias de composición para los dibujos finales, que fueron producidos por un método más pasado de moda: el lápiz de grafito. Para cada página de hasta doce imágenes, todo el proceso duró alrededor de una semana... sin incluir los intentos desechados, de los cuales había varios.
Gran parte de la dificultad consistía en combinar imágenes realistas de referencia -personas y objetos- en un mundo completamente imaginario, ya que este siempre fue mi concepto central. Con el fin de entender mejor lo que es viajar a un nuevo país, quería crear un lugar de ficción igualmente desconocido para los lectores de cualquier edad (incluido yo). Este es, por supuesto, el momento en que mi afición por las "tierras extrañas" alzó el vuelo, ya que tenía algunas nociones previas sobre un lugar donde los pájaros son simplemente "como-pájaros " y los árboles "como-árboles", donde la gente se viste extrañamente, los accesorios del apartamento son confusos y las actividades ordinarias en la calle muy peculiares. Esto, que es lo que imagino deben sentir muchos inmigrantes, lo examino a través de la ilustración, donde cada detalle puede ser dibujado a mano.
Dicho esto, los mundos imaginarios nunca deben ser "pura fantasía", y sin un marco concreto de realidad, pueden terminar con la incredulidad suspendida del lector, o simplemente confundirlo demasiado. Siempre estoy interesado en encontrar el equilibrio adecuado entre objetos cotidianos, animales y personas, y sus alternativas mucho más fantasiosas. En el caso de Emigrantes, dibujé mis propios recuerdos de viajes a países extranjeros, esa sensación de tener nociones básicas pero imprecisas de cosas a mi alrededor, una conciencia de entornos saturados de significados ocultos: todo muy extraño pero absolutamente convincente. En mi país sin nombre, criaturas peculiares emergen de ollas y cuencos, luces flotantes vagan inquisitivamente a lo largo de las calles, puertas y armarios ocultan su contenido, y todo lo que hay alrededor son avisos que llaman, invitan o advierten en alfabetos indescifrables. Son elementos equivalentes a algunos momentos que he experimentado como viajero, donde incluso simples actos de comprensión son un reto.
Una de mis principales fuentes de referencia visual fue Nueva York a principios del siglo XX, un gran centro de migración masiva para los europeos. Muchas de mis "imágenes de inspiración" pegadas a las paredes de mi estudio eran fotografías antiguas de la llegada de inmigrantes a Ellis Island, notas visuales que proporcionaron los conceptos subyacentes, el tono y el ambiente de muchas escenas que aparecen en el libro. Otras imágenes que coleccioné, tanto por su carácter ordinario como por la extrañeza que podían generar, representaban escenas callejeras en ciudades europeas, asiáticas y del Medio Oriente: vehículos anticuados, plantas y animales al azar, letreros y carteles en tiendas, interiores de apartamentos, fotos de personas que trabajaban, comían, hablaban y jugaban. Los elementos de mis dibujos evolucionaron gradualmente a partir de estos orígenes bastante simples. Una escultura colosal en medio de un puerto de la ciudad, la primera vista extraña que saluda a los migrantes que llegan, sugiere una hermandad con la Estatua de la Libertad. Una escena de inmigrantes que viajaban en una nube de globos blancos se inspiró en imágenes de emigrantes embarcando en trenes, así como en el desove nocturno de pólipos de coral, dos ideas asociadas a temas comunes subyacentes: la dispersión y la regeneración.
Incluso los fenómenos más imaginarios del libro están destinados a tener algún peso metafórico, aunque no se refieran a cosas específicas, y pueden ser difíciles de explicar plenamente. Una de las imágenes en las que había estado pensando durante años estaba relacionada con una escena de edificios podridos, sobre los cuales "nadaban" una especie de enormes serpientes negras. Me di cuenta de que éstas podían ser interpretadas de varias maneras: literalmente, como una infestación de monstruos, o más en sentido figurado, como una especie de amenaza opresiva. E incluso entonces está abierto al lector individual decidir si su sentido puede ser político, económico, personal o cualquier otra cosa, dependiendo de qué ideas o sentimientos le puede inspirar esa escena.
Raramente me interesan los significados simbólicos, donde una cosa "representa" otra cosa, porque esto disuelve el poder de la ficción para ser reinterpretada. Me siento más atraído por una especie de resonancia o poesía intuitiva que podemos disfrutar al mirar imágenes y "entender" lo que vemos sin necesariamente poder articularlo. Un personaje clave en mi historia es una criatura que se parece a un renacuajo que anda, tan grande como un gato y que tiene la intención de formar una amistad no deseada con el protagonista principal. Tengo mis propias impresiones sobre de qué se trata -de nuevo, tiene algo que ver con el aprendizaje sobre la aceptación y la pertenencia- pero tendría un montón de problemas para tratar de expresar esto plenamente en palabras. Parece tener mucho más sentido como una serie de silenciosos dibujos a lápiz.
A menudo busco en cada imagen cosas que son lo suficientemente extrañas como para invitar a un alto grado de interpretación personal, aunque todavía mantengan un enlace con la realidad. La experiencia de muchos inmigrantes traza un interesante paralelo con la forma creativa y crítica de mirar que intento seguir como artista. Hay un tipo similar de búsqueda de sentido e identidad en un entorno que puede ser alternativamente transparente y opaco, sensible y confuso, pero siempre abierto a la reevaluación. Espero que más allá de su tema inmediato, cualquier narración ilustrada pueda animar a sus lectores a dedicar un momento a mirar más allá de lo "corriente" de sus propias circunstancias, y considerarlo desde una perspectiva ligeramente diferente. Uno de los grandes poderes de la narración es que nos invita a caminar en los zapatos de otras personas por un tiempo pero, quizás más importante aún, también nos invita a contemplar nuestros propios zapatos. Sería bueno pensar en nosotros mismos como posibles extraños en nuestra propia tierra extraña. No es probable que las conclusiones que se extraigan de esto sean fácilmente resumibles, lo que es una razón más para reflexionar más sobre las conexiones entre las personas y los lugares, y lo que podríamos querer decir cuando hablamos de “pertenecer”.»

3 de noviembre de 2016

Bajo el influjo del cometa

Jon Bilbao, Bajo el influjo del cometa. Ed. Salto de Página, 2010.

Este libro de cuentos es la elección de noviembre en la tertulia de la Biblioteca de Noáin, a la que tengo la suerte de acudir ocasionalmente como dinamizador.

Ocho piezas breves que recuerdan a norteamericanos del siglo XX como Carver y lanzan un mensaje común: la distopía somos nosotros, el futuro más negativo es la realidad en que vivimos hoy.

Porque solo hay derrota en los personajes, que experimentan distintas formas de pérdida o la insatisfacción de no saber apreciar lo que tienen ("Los tres detenidos en un presente perpetuo. Un presente para ser recordado y del cual aprender. A menudo lamento no haberlo hecho". De Una victoria parcial). Leemos sobre seres que tienen sentimientos o inclinaciones considerados socialmente incorrectos y egoístas, pero frente a los que han decidido que nada pueden hacer. Casi todos guardan un lado oculto, conscientes de que no deben mostrarlo en público; si se descubre, serían reprobados y les atraparía la vergüenza. En ocasiones, sin embargo, lo único que les une a otro seres es precisamente lo negativo, compartido en secreto.
  
"Podría considerarse que el cometa lo ilumina todo. Que ahora tampoco de noche es posible ocultar lo que no se quiere que se vea (...) En nuestras casas podemos encender luces. Todavía podemos iluminar solo lo que deseamos". De Bajo el influjo del cometa.

El autor convierte sus relatos en una experiencia inquietante. A muchos de sus personajes les niega un nombre, o apenas sabemos nada de ellos mientras actúan en entornos poco definidos, sin personalidad propia, casi vacíos -pueblos de veraneo, casas aisladas de sus vecinos- o con límites difusos -siempre cerca del mar, extensión de agua sin final visible-. Esta voluntaria falta de detalle dispara un mecanismo similar al de los cómics realizados con dibujos poco realistas o icónicos -lo explica Scott McCloud en la obra de referencia Entender el cómic. El arte invisible-: los lectores, al estar obligados a aportar información propia para completar el retrato, se ven impulsados hacia una mayor identificación con lo que tienen ante sus ojos.

También hay elementos destacables en el estilo y estructura de los textos, como varias afirmaciones de significado abierto repartidas a lo largo de los cuentos y que aumentan la sensación de amargura, inseguridad e indefinición; por ejemplo, ¿hace referencia El mejor regalo posible a la sorpresa de cumpleaños para la amante o quizá sugiere cómo el protagonista cede a la fuerza un hijo? O el juego irónico con la referencia a las elipsis temporales en Ha desaparecido un niño, recurso que tres páginas después se utiliza por partida doble.

El resultado de todo ello es que Jon Bilbao construye un libro que nos atrapa y desde el que nos mira como el animal de Soy dueño de este perro: "De nada serviría huir (...) lo sabía todo acerca de él".

23 de septiembre de 2016

Conectando puntos

Lamberto Maffei (Alabanza de la lentitud, 2014) comparte con otros intelectuales italianos una fuerte preocupación por  el cada vez mayor dominio -ya casi una dictadura- de lo digital en el nuevo imaginario de la sociedad.

Como él, Nuccio Ordine (La utilidad de lo inútil, 2013), Roberto Casati (Elogio del papel. Contra el colonialismo digital, 2013) y Pier Vittolio Aureli (Menos es suficiente, 2013) han visto recientemente publicados en España ensayos breves. Los cuatro se caracterizan por una visión amplia de la cultura y el conocimiento; usan una inteligente combinación de saberes técnicos y argumentos humanistas, de arte y de ciencia, para desvelar los peligros a los que estamos abocados si no somos críticos con el discurso que alienta el consumo permanente, ensalza solo lo instrumental y denigra cualquier forma de pensamiento libre.

Esa forma de pensar es, precisamente, la que nos permite disfrutar de las cosas importantes de la vida y nos muestra caminos para analizar el mundo más allá de categorías fijas y opuestas, del blanco y el negro. Por eso, es lógico que Ordine y Maffei se sientan atraídos por el oxímoron: su sentido metafórico nos guía en el descubrimiento de nuevos conceptos y alternativas.

En una parte de su escrito, el neurobiólogo Maffei cita al sociólogo Zygmunt Bauman que, en su libro Vida de consumo (2007), "sostiene que el tiempo no se percibe ya como un continuum, sino como una serie de puntos, cada uno de los cuales tiene una historia limitada, con su nacimiento y su fin, y un escaso coeficiente de correlación con los demás, como si fueran acontecimientos independientes producidos por causalidad". Y añade: "Este concepto modificado del tiempo tiene su correspondencia en la neurosis de vivir el momento, una patología surgida del deseo irremediable de construir la línea, de dar continuidad a los puntos".

¿Cómo no recordar en ese momento el famoso discurso de Steve Jobs en Stanford y, sobre todo, su primera historia sobre "conectar los puntos"? Ese que se ha convertido en fuente de inspiración para todos los emprendedores de postín, que "encuentran lo que aman"... siempre que esté relacionado con el éxito económico y mediado por la innovación tecnológica, claro.

La cadena de asociaciones me recuerda al filósofo David Hume, que debería suponer mejor inspiración que Jobs, el representante más atractivo y paradigmático del consumo digital. En su Tratado de la naturaleza humana (1739), afirmaba que "lo que llamamos mente no es sino un montón o colección de percepciones diferentes unidas entre sí por ciertas relaciones y que se suponen, aunque erróneamente, dotadas de perfecta simplicidad e identidad". Así pues, ¿defiende la visión de la vida como una sucesión de episodios aislados -como tuits o anuncios- y la inexistencia de una identidad personal -somos un vacío que llenará el bombardeo mediático, tragado sin filtro-? Aunque esa ha sido una interpretación habitual, la reflexión nos lleva más allá: Hume es un firme defensor del método experimental pero huye del dogmatismo, acepta que esa forma de conocimiento tiene límites y que puede haber realidades inverificables a través de la experiencia, sobre las que quizá no podamos saber pero que no debemos descartar... ni asumir automáticamente. Nos conmina a ser adultos que, en lugar de estar guiados hacia el consumo, piensan con flexibilidad, sin acatar una respuesta predefinida.

Para conectar el principio con el fin, una nueva cita del libro de Maffei. "La grandeza del hombre reside en su modestia y en reconocer que todo tiene importancia: el sol, el amanecer, el atardecer, las discusiones, los juegos, los poemas, el pensar por pensar, aunque todos estos goces supongan consumir un poco menos".

16 de septiembre de 2016

Cómplices

Es difícil, para quien no vive en el Casco Antiguo de Pamplona, darse cuenta de la degradación progresiva que el barrio está sufriendo, similar a la de otras zonas históricas de ciudades españolas. En ese proceso, muchas partes son cómplices:

La clase política, que permite, facilita y alienta -habrá que preguntarse por qué- la implantación de un modelo económico basado en una sola actividad: determinado tipo de hostelería asociado a una forma específica de entender la diversión y el turismo. En lugar de cumplir con su tarea de proteger a la ciudadanía e intentar revertir la situación, le resulta más sencillo y beneficioso aliarse con quienes causan los problemas, impulsando un tipo especial de gentrificación.

Los dueños del capital, que ven en los bares y en los pisos turísticos una forma rápida de hacer negocio, con la que sustituir opciones de inversión menos rentables en la actualidad. Es significativo el número de locales que tienen como socios a empresarios del sector inmobiliario y/o relacionados con los políticos.

También las personas que se pliegan de buena gana a esa forma de consumir y hacer uso de los espacios públicos, tolerando o incluso haciendo aquello que se negarían a aceptar donde viven diariamente. Qué sencillo y tranquilizador es pensar en el Casco Antiguo no como una zona residencial en la que viven personas iguales a las del resto de la ciudad, sino como un parque temático en el que los edificios son solo fachadas de cartón piedra y los vecinos actores de reparto.

Gracias a todos ellos el barrio deja de serlo para convertirse en un basurero, en un macroespacio para el desahogo y para acumular la porquería que el resto de la ciudad no quiere ver. Externalizar los costes, se llama.

Pero lo que más rabia me causa es el bajo nivel de las justificaciones con las que los implicados intentan esconder su egoísmo. Demasiadas veces han recurrido ya a que con la situación actual se “da vida” a las calles; a ver si se enteran de que la vida surge de diversificar la actividad comercial y económica y de contar con parques, plazas y dotaciones culturales o deportivas repartidas por el espacio público. O se inventan ese nuevo derecho a la diversión -entendida solo como ir de bar en bar, tirar mierda en la calle, gritar hasta reventar y celebrar despedidas de soltero con charangas- que parece estar por encima del respeto a las únicas víctimas de este tinglado, a las que nadie interesa escuchar, que somos las y los vecinos. A fin de cuentas, qué importamos menos de 11.000 personas en comparación con el dinero que se genera en nuestras calles. Ya nos iremos, ahora que tanto estorbamos.

15 de marzo de 2016

Altas presiones

El sistema nos promete que podemos disfrutar de un buen tiempo permanente: seguridad económica y acceso a cualquier cosa que deseemos... consumir; nuevas oportunidades profesionales que ni tan siquiera imaginamos (¡el mundo cambia rápido!, ¡de ti depende subir al tren o morir en las vías!); una carrera laboral llena de éxitos y puestos de responsabilidad en los que aumentará nuestro salario, disfrutaremos de una privilegiada sensación de poder y de la envidia de la mayoría.

Sin embargo, hay condiciones: tenemos que hacer lo que él nos pida, convertirnos en merecedores de sus bendiciones. Consumir hasta consumirnos, gastar mientras nos desgastamos, acumular (títulos, dinero, cosas) al tiempo que nos vaciamos de vida, pelearnos (ahora se le llama competir) como fieras.

Todo para intentar reducir la sensación de provisionalidad y el temor a que el dinero en el banco no sea, alguna vez, suficiente. Pero ese miedo nunca se elimina, nunca llega la tranquilidad completa.

Y así nos convertimos en un elemento más de un modelo de crecimiento insostenible que beneficia exclusivamente a quienes están en la cúspide de la cadena alimentaria.

No siempre el influjo de las altas presiones hace lucir el sol. En nuestra sociedad actual, su calor nos quema y vuelve el aire pesado e irrespirable.

¿Hay elección? No lo sé. A pesar de ello, quiero intentar sacar adelante pequeñas ideas de las que no podré vivir, pero que me darán vida -el camino tiene sentido en sí mismo-.

A lo mejor me equivoco y soy un irresponsable que, en estos tiempos de casino global, apuesta por los peores números. O quizá el cómo importa más que el cuánto.

29 de febrero de 2016

Criminal 1. Cobarde

Ed Brubaker y Sean Phillips, Criminal 1. Cobarde (2006-2007)

La gente del negocio sabe que Leo es un ladrón, y muy bueno además. El único problema, dicen, es que se preocupa demasiado por respetar sus propias reglas: trabaja solo, no tolera las armas ni las drogas y tiende a huir en cuanto las cosas se complican. Pero la narrativa negra nos enseñó hace tiempo que todo -las personas, la economía, la sociedad- tiene una cara oculta.

Criminal 1 respeta y actualiza con maestría los mecanismos del hardboiled; en especial, recuerda a algunos clásicos del género como La jungla de asfalto, de W. R. Burnett y las novelas de la serie Parker escritas por Donald E. Westlake. Se nota que Ed Brubaker, el guionista, creció rodeado de cine negro, mientras que su dibujante, Sean Phillips, maneja como pocos el ritmo de la narración gracias a un uso medido de los planos -qué importantes son los rostros y las miradas en esta historia- y del tamaño de las viñetas.

La trama incluye giros argumentales, escenas de acción, diálogos con sabor añejo y un crecimiento de los personajes y sus relaciones suficientes para obligarnos a leer todo el relato de una sentada y acabar admirando a ese triste y valiente cobarde que es Leo. Además, completa su homenaje al pasado con un guiño metaliterario: la tira de prensa que leen los personajes se titula Frank Kafka, detective privado, está escrita por Jacob K. y tiene un aire al Dick Tracy de Chester Gould.

Sin embargo, más allá de los aspectos formales, el principal valor de este cómic se encuentra en el discurso oculto tras los hechos. Los elementos habituales en el género negro -ciudad, bares, corrupción, avaricia, atracción, venganza- son piezas que permiten hablar de las responsabilidades unidas al pasado (“Nadie se quita del todo”, Leo dixit), de las obligaciones que nos atan y a la vez nos mantienen vivos, de las inevitables consecuencias de la violencia. Todo con un aire de fatalismo y soledad similar al que emanaban los relatos de David Goodis (Disparen sobre el pianista), para el que la vida jamás tuvo solución… Aunque en esta historia quizá quede alguna esperanza si hacemos caso a Leo: “Nunca hagas un plan con una sola salida”. O quizá no…

23 de septiembre de 2015

Generar nuevas formas de intervención

A los profesionales de la intervención social nos viene bien salir de nosotros mismos y de nuestra práctica diaria. Así podemos tomar conciencia de las contradicciones que nos afectan, cuestionar los modelos teóricos y organizativos en los que nos insertamos y descubrir aquellos espacios en los que podemos ejercer nuestra libertad para mejorar las intervenciones.

Las ideas de quienes se dedican a la investigación desde el compromiso con el cambio son una valiosa guía en este proceso. Así, la antropóloga norteamericana Peggy R. Sanday cita a Pierre Bourdieu para apoyar su defensa de una investigación social que mantenga “el compromiso ético con asuntos sociales críticos” (Un modelo para la etnografía de interés público, 2013):
La verdadera libertad que ofrece la sociología es darnos una pequeña oportunidad de conocer el juego al que jugamos y de minimizar los modos como somos manipulados por las fuerzas de campo en que nos desenvolvemos, así como por las fuerzas sociales incorporadas que operan desde dentro de nosotros.
P. Bourdieu y L. Wacquant, Una invitación a la sociología reflexiva (1992)

Otra antropóloga, Ariadna Ayala, es un buen ejemplo de la utilidad de la reflexión dirigida a “trabajar en favor de públicos particulares e ideales universales” y que contribuye al cambio social (Sanday, 2013). Es posible acceder a varios artículos que recogen los resultados de su trabajo etnográfico con población gitana y con el sistema socio-sanitario, formado por ong y servicios públicos, en la Comunidad de Madrid.

En ellos muestra las estrategias para la construcción de relatos de auto-presentación que facilitan el acceso a prestaciones económicas, la descripción que profesionales y usuarios hacen unos de otros y las consecuencias de los estilos de relación que establecen, o la modificación de las auto-representaciones de las mujeres gitanas a partir de la asunción de los discursos promovidos por las instituciones. La mayor parte de sus conclusiones son extrapolables más allá de este colectivo.

Ayala nos invita a los profesionales de los servicios sociales a mirar desde fuera nuestra forma de actuar y las consecuencias, tanto positivas como negativas, de las estructuras que nos integran y que reproducimos en la práctica diaria. En concreto, realiza un sano cuestionamiento de los modelos teóricos sobre la exclusión en los que suele basarse el diseño de los servicios, muestra la ausencia o indefinición de herramientas de intervención más allá de lo burocrático y nos ayuda a reconocer los conflictos que no somos capaces de resolver y que, incluso, generan las políticas sociales vigentes.

Creo que un buen punto de inicio para mejorar esta situación se encuentra en las propuestas de Esperanza Molleda, trabajadora social y psicoterapeuta, muy consciente también de las contradicciones y límites de los servicios sociales actuales. Por ejemplo, al diferenciar tres niveles de lectura -literal, de contenidos explícitos y de contenidos relacionales- en las demandas que los usuarios realizan, supera las interpretaciones que dan lugar a una respuesta mecánica (ante la petición de ayuda se tramita exclusivamente una prestación económica o un apoyo técnico) e invita a construir discursos que no estén tan viciados por las lógicas del merecimiento, donde quien solicita asistencia debe esforzarse por demostrar que es “sujeto legítimo de ser ayudado” (A. Ayala, Secretos a voces: exclusión sociales y estrategias profesionales…, 2009).

“De esta manera, la complejidad de la demanda y de la escucha se multiplica” (E. Molleda, La intervención social a partir de una demanda económica en Servicios Sociales Generales, 1999) y el profesional puede realizar una valoración múltiple -institucional y profesional, social, sistémica-familiar e individual-intrapsíquica- que orientará la intervención e individualizará las actuaciones.