6 de abril de 2019

Mies

Agustín Ferrer Casas, Mies. Grafito Editorial, 2019.

Buena parte de la vida profesional de Agustín Ferrer (Pamplona, 1971) ha estado dedicada a la arquitectura; al mismo tiempo, acumulaba premios en certámenes de cómic. Tras apostar por un cambio en su carrera, ha publicado desde 2014 cuatro novelas gráficas: Las apasionantes lecturas del Sr. Smith, Cazador de sonrisas, Arde Cuba y Cartas desde Argel.
Mies aúna ambos mundos y supone su mejor historia, donde demuestra de nuevo sus habilidades para construir personajes llenos de claroscuros, manejar la ironía, mostrar con fidelidad las décadas centrales del siglo XX apoyándose en una rigurosa base documental o usar la ficción para explicarnos de forma más clara la realidad.
Pero creo que aquí ha ido un paso más allá y ha crecido como artista hasta ser capaz de ofrecernos una verdadera obra maestra, editada a la altura por Grafito Editorial. Para mí, el buen arte es aquel que nos hace más felices mientras lo experimentamos, despierta nuestro interés por el mundo al que hace referencia y/o impulsa a participar activamente en lo que nos plantea, generando nuevas preguntas.
Este cómic consigue las tres cosas. Es una experiencia estética y literaria sobresaliente: el autor ha planificado perfectamente la estructura narrativa (por ejemplo, los saltos temporales refuerzan los mensajes que desea transmitir en cada momento) y, quizá emulando el deseo del propio Van der Rohe de meter la naturaleza en los edificios, las composiciones de página -que aquí son muy variadas- dan un protagonismo especial a las obras del arquitecto, convirtiéndolas en fondo con el que interactúan las viñetas.
Además, Ferrer Casas recupera recursos expresivos ya vistos en obras anteriores y que permiten un análisis del cómic como medio -el coloreado de las calles (Cazador de sonrisas) y los elementos que salen de las viñetas-, pero también añade nuevos: personajes traslúcidos que muestran el paso del tiempo en un solo espacio (en una doble página dedicada al Pabellón Alemán para la Exposición Internacional de Barcelona de 1929) y simetrías entre elementos de escenas diferentes (como las paredes de ónice del propio pabellón y la Mansión Tugendhat o el rostro de la esposa de van der Rohe al conocerlo y al abandonarlo).
En segundo lugar, Mies es una fascinante puerta de entrada al arte arquitectónico. El autor nos muestra, con una envidiable claridad pedagógica, la motivación y significado de las principales obras de uno de los más importantes arquitectos del siglo XX, pero su minuciosa documentación nos deja detalles y pistas para que podamos seguir investigando por nuestra cuenta: la influencia de San Agustín, quiénes eran Pius Pahl y ¿Grete Stern? ("protagonistas" de una escena que rememora, con sus juegos de sombras, el cine de espías), la historia de la Escuela Bauhaus, los tres cuadros -obra de Kandinski, Klee y Beckmann- de los que van der Rohe nunca se separó, etc.
Por último, esta novela gráfica va más allá de una reflexión sobre si Mies van der Rohe podía ser un gran profesional al mismo tiempo que una persona detestable para plantear, en un final lleno de poesía, una pregunta mucho más interesante: ¿merece la pena sacrificar a tantas personas, e incluso a uno mismo, en la persecución de un solo ideal?
Una lectura superficial podría hacer pensar que Agustín Ferrer es demasiado complaciente con su protagonista, en especial en los aspectos políticos. Sin embargo, hay que tener en cuenta que se limita a ceder la voz narrativa al personaje a través de sus recuerdos -tanto los que comparte como los que guarda para sí mismo- y pocos serían capaces de mirar con sinceridad plena su propia biografía. En este sentido, algo significan, además, las urracas presentes en muchos episodios de la vida de este genio de la arquitectura...
En definitiva, es un placer acercarse a este cómic sobre un artista que, al modificar su nombre, mantuvo el de "desdichado" (Mies en alemán) y alcanzó el éxito. Si van der Rohe hizo famosa la frase "Menos es más", en este caso podemos decir que, gracias a Agustín Ferrer Casas, "Mies es más".

7 de enero de 2019

Las chicas

Emma Cline, Las chicas. Ed. Anagrama, 2016.

Finales de la década de los sesenta, California. Principios del verano, catorce años.
Un tiempo en apariencia infinito por delante, apenas supervisado en la periferia por los adultos, sin más obligaciones y estructura que las marcadas por las horas en las que el sol obliga a buscar cobijo. La amistad como único centro, la formación de un grupo de iguales, el descubrimiento del deseo, la camaradería y la solidaridad, la naturaleza como espacio para ser libres y encontrar lo inesperado.
Siendo todo esto, Las chicas es el reverso tenebroso e inquietantemente realista de otras novelas de iniciación, un Cuenta conmigo sin concesiones a la esperanza.
Evie Boyd necesita, como todos nosotros, sentirse reconocida y apreciada; adolescente, no sabe esconderse a sí misma de ese anhelo, disfrazarlo y olvidarse de él con otras ocupaciones. El hambre de cariño e identidad, unida a la conciencia de que quienes la rodean en su vida diaria son tan imperfectos y están tan desorientados como ella en su búsqueda de afecto a trompicones, la lanzan en los brazos de una comuna alternativa. Desesperada por dar y recibir amor y protección, por sentirse parte de algo y huir de un mundo que la daña sin descanso, se vuelve ciega a la podredumbre, la violencia y las señales de alarma.
Aunque muchos comentaristas resaltan los elementos comunes con la secta de Charles Manson -por cierto, no entiendo la complaciente fascinación que genera en muchos artistas de la cultura popular-, creo que eso no es lo más importante del relato ni lo que lo convierte en una gran novela.
Con una prosa plagada de imágenes lúcidas y tan reveladoras que nos hieren y cuestionan, la autora utiliza esos hechos trágicos para desnudar nuestra naturaleza. Nos recuerda que el futuro en el que creíamos de jóvenes, cuando aún había tanto por delante, lleno de promesas y oportunidades desconocidas, luminoso y esperanzado como el más feliz de los veranos, se ha convertido en un presente más gris.
También que hay cosas que nunca dejamos de ser, como Evie, que en su madurez anhela y rechaza al mismo tiempo el contacto con otras personas, manteniéndose como espectadora de sus propias relaciones.
O que hay historias siempre repetidas, inevitables pese a todas las advertencias, cuando no queremos ver la realidad porque deseamos alargar la promesa de felicidad con una persona en concreto, como Sasha, uno de los personajes secundarios que desencadenan el recuerdo.
Y, por último, nos sitúa sin poder cerrar los ojos ante nuestra capacidad para odiar de múltiples formas, para hacer tanto daño como el amor que podemos dar, mucho más marcados por el contexto de lo que nos gusta creer. En este sentido, la novela parece más vinculada a reflexiones como El efecto Lucifer, de Philip Zimbardo, que a una insana nostalgia por la crónica de sucesos.

9 de septiembre de 2018

La residencia de estudiantes

Yoko Ogawa, La residencia de estudiantes. Ed. Funambulista, 2011.
«- Sí, vivir quizá sea lo más parecido a la sensación que tenemos cuando perdemos algo.»
«- Si te surge cualquier cosa, házmelo saber. Si te quedas sin dinero, si enfermas, si te pierdes…
- ¿Si me pierdo?
»
Pérdida, soledad, incertidumbre, silencio... Los protagonistas de esta novela breve giran en torno a un vacío relacionado con el cambio.

Al inicio del relato, la narradora espera el día en que abandonará Tokio para acompañar a su marido en Suecia. Mientras tanto, vive un tiempo entre paréntesis, que ocupa en actividades sin un fin concreto.

Tras muchos años sin relación, su primo contacta con ella para que le ayude a encontrar alojamiento en la ciudad donde comenzará la universidad. En un diálogo entre ambos, relaciona la «tensión en el pecho» que le genera este cambio con sus experiencias previas de pérdida.

Por último, el director de la residencia donde ella se alojó y que acoge al joven padece una degradación física paralela al del edificio aunque, como éste, lucha por sobrevivir.

Ninguno parece capaz de explicar con precisión qué le sucede. La indefinición se extiende a la naturaleza de la residencia y al pasado y motivaciones del anciano sensei. Ogawa sabe amplificar ese clima, ambiguo e inquietante, al presentar  elementos sin límites claros que contrastan con una estructura narrativa sencilla, un lenguaje exacto y algunas descripciones muy vivas. Por ejemplo, no hay nombres propios y se multiplican las referencias a zonas borrosas, cristales velados por la oscuridad y la lluvia, reflejos más definidos que el objeto original; al mismo tiempo, el marido ausente envía cartas plagadas de instrucciones concretas y la mirada se demora en los más pequeños detalles de una habitación.

La autora más vendida del Japón actual  fusiona con habilidad referencias muy distintas. Al unir elementos físicos con la sensación que generan recupera el tradicional mono no aware nipón. El detalle con que aparecen descritos los cuerpos y su potencial como objetos de un deseo obsesivo recuerda a Junichiro Tanizaki (La llave, Tatuaje). La presencia constante de lo irreal y lo extraño como marco que envuelve todo recuerda a su contemporánea Banana Yoshimoto (Amrita, Sueño profundo).

Pero lo que convierte esta novela de Yoko Ogawa en una obra a valorar más allá de su éxito comercial es la capacidad para seguir las convenciones del género de terror -tensión creciente, elementos recurrentes e insidiosos, personajes ausentes, casi fantasmales, pero con presencia en la obra- y abandonarlas en el momento justo, sustituyendo un final clásico por otro de carácter más simbólico y sugerente. Como las mejores historias, La residencia de estudiantes se queda rondando en la memoria y plantea preguntas que nos hacen mirar la realidad de otra forma.

13 de agosto de 2018

Deseos (Grace Paley)

Hace poco más de un año me acerqué por primera vez a los Cuentos de E. Hemingway y descubrí que entre sus mejores obras están los relatos más breves: Gato bajo la lluvia (1925), Colinas como elefantes blancos (1927) y El viejo en el puente (1938). Desde entonces, aprecio mucho más a quienes son capaces de expresar tanto en muy poco espacio, de crear historias, mínimas en lo externo pero amplias en significados, que se quedan rondando en la memoria días después de leerlas... Ahora, como efecto colateral e indeseado, sospecho de quienes parecen necesitar cientos de páginas o incluso varios volúmenes para expresar algo. Qué le voy a hacer.


Como su compatriota, Grace Paley presenta en Deseos (1974) sucesos aparentemente sin importancia -la devolución de dos novelas a la biblioteca, el encuentro casual de un antiguo matrimonio- que se convertirán para los lectores en ventanas abiertas a una realidad mucho más compleja y profunda. La autora es capaz de mostrar, en solo tres páginas, el carácter y motivaciones de los protagonistas y la dinámica de su relación durante casi treinta años.

Y si en lo narrado se pasa de la anécdota a lo general, también el estilo encierra otros significados. El relato está construido desde la oralidad, como si estuviésemos escuchando el monólogo de una ama de casa norteamericana de clase media; ella misma nos señala cómo "soy (...) conocida por mis comentarios afables". Esa sensación de informalidad se refuerza por la ausencia de guiones de diálogo, pero la apariencia superficial es muy distinta a la realidad: el relato sustituye progresivamente los comentarios sobre lo cotidiano por confesiones amargas, reflexiones inteligentes e, incluso, un tono lírico ("los pequeños sicomoros que la ciudad había plantado soñadoramente").

Entonces, ¿de qué nos habla Deseos a nosotros, convertidos en interlocutores privilegiados de  la narradora, a la que conocemos mejor que sus maridos y vecinos? Del paso del tiempo -hay referencias constantes a lo largo del relato-, de cómo lo llenamos con anhelos a veces invisibles para los demás, del modo en que nuestras expectativas nos separan y de que quien más parece desear es, a veces, el que tiene deseos más banales.

Los libros que entrega en la biblioteca actúan como una poderosa metáfora. Quizá no es casual que se trate de dos novelas de Edith Warton, una autora que criticó las convenciones sociales de su época a través de una prosa sencilla e irónica. Si ha necesitado que la acompañasen durante muchos años, el acto de llevarlos a la "nueva biblioteca", donde la encargada "se echó a la espalda mi pasado, dejó limpio mi expediente" puede representar un primer paso hacia un cambio vital más profundo.
Quizá el impulso inicial -la contemplación de unos árboles que han crecido a la vez que sus hijos y que "habían llegado a su plenitud"- la ha permitido reconocer el fin de los lazos que la ataban, máxime cuando ni sus maridos tienen "suficiente carácter para toda una vida".

Como en varios de los cuentos de Hemingway, solo podemos especular sobre qué decisiones tomará la protagonista. En este caso, me gusta imaginar que hará como Grace Paley, una destacada activista política, defensora de los derechos civiles y comprometida feminista y pacifista. A fin de cuentas, el relato se incluye en el libro Enormes cambios en el último minuto (1974)...

Después de leer Deseos, los Cuentos completos y la recopilación de textos La importancia de no entenderlo todo han entrado ya en la lista de autoras a explorar. Con su visión ácida e irónica sobre las apariencias de una pequeña comunidad norteamericana, no dejo de pensar en que este relato podría haber sido la madre putativa de series como Desperate Housewives o Big Little Lies :-)


1 de enero de 2018

Los huesos del invierno

Daniel Woodrell, Los huesos del invierno. Alba Editorial, 2013.

Qué malas son las etiquetas. Y qué buenas las obras capaces de superarlas.

Los huesos del invierno lo consigue: está construida con los elementos del canon de la novela negra, pero hilvanados de una forma que rompe con lo habitual y en un contexto que los dota de nuevas significaciones... O, mejor dicho, que recupera y actualiza su esencia básica, la de Hammett, Chandler y McDonald.

El detonante de la historia es la búsqueda de un delincuente desaparecido antes de su juicio. La estructura del relato combina diálogos ágiles -donde no faltan los duelos verbales y las amenazas- y acción -con armas implicadas y más de un golpe-. La protagonista que ejerce como detective es una mujer dura, capaz de hacer caso omiso a las continuas advertencias para abandonar el caso. Planea constantemente la sensación de que existe algo mucho más gordo detrás de lo que vemos; como lectores, pronto comenzamos a sospechar que hay relaciones ocultas entre los personajes, alianzas y enfrentamientos invisibles para quienes no forman parte de esa red. Es imposible estar seguros de quién ayuda de manera desinteresada y quién esconde otros intereses, quién dice la verdad y quién miente.

Y, también como en el relato negro clásico, importa menos la resolución del caso -esta no es una "novela problema", donde el ingenio encaja las piezas del enigma- como el retrato del contexto social donde transcurre. La investigación es la oportunidad para describir las disfunciones de un mundo capaz de generar un crimen así, de las dinámicas que convierten a todo un grupo social en víctimas sin esperanza en un futuro digno, da igual que sean inocentes o culpables, que sufran dolor o lo causen.

Ese es uno de los tres elementos que convierten la novela en algo especial: la capacidad para reflejar con realismo un entorno humano muy distinto a la sociedad ideal en la que nos gusta creer que vivimos (1). El segundo es el inteligente uso del lenguaje, igual de eficaz a la hora de hacernos sentir el frío del invierno en la meseta de Ozark (Missouri), explorar la mente de sus personajes,  generar tensión u ofrecernos momentos de verdadera poesía.

El tercero, por supuesto, es Ree, la protagonista, una joven de dieciséis años que ha abandonado los estudios y aspira a alistarse en el ejército como tabla de salvación. Mientras espera ese oportunidad, protege a una madre enferma y, consciente a su pesar de que libra una batalla perdida de antemano para salvar a sus dos hermanos pequeños de un futuro violento, intenta darles las herramientas para ser autónomos (cocinar, asear a su madre, disparar a las ardillas e, implícitamente, a las personas que se acerquen demasiado a su casa). Asistimos a sus sueños y anhelos, a su lucha interna entre la necesidad de encontrar una vida mejor y la lealtad a la familia, a una sutil historia de amor y deseo. E inevitablemente admiramos su valentía y obstinación, rogamos para que no le pase nada malo -maldita niña testaruda- y deseamos que pueda alcanzar un futuro mejor a aquel para el que parece predestinado todo su entorno.

Los huesos del invierno es pura novela negra. También una de las primeras obras del country noir, como defiende su autor. Pero lo importante es que se trata de una obra literaria digna en sí misma, sin necesidad de más etiquetas.

(1) Una autenticidad que, por cierto, se echa de menos en muchas de las actuales novelas policíacas de consumo. Demasiadas veces parece que los autores más vendidos repiten una fórmula estandarizada: elegir un tema de actualidad y volcar artificialmente en el relato la información que han recopilado.

22 de noviembre de 2017

Las manos de mi madre

Karmele Jaio, Las manos de mi madre. Ed. Ttarttalo, 2008.

¿Cuántas buenas autoras y autores me quedan por descubrir? Karmele Jaio era, hasta hace pocos días, una de ellas...

Las manos de mi madre rebosa de belleza, ideas y significados. Al mismo tiempo, está construida con un lenguaje en apariencia sencillo por la facilidad con que nos guía durante la lectura, por cómo se suceden sin esfuerzo las palabras (¡y qué difícil es conseguir ese efecto!). Primera novela de una poeta, entremezcla hábilmente las sensaciones y los pensamientos con el entorno físico en que se generan; en especial, me ha gustado cómo refuerza la exposición de sentimientos a través de metáforas físicas:

«Y que, como le ocurre a todo el que es consciente de que va a hacer una locura, siento corrientes de agua en mi interior, de un lado al otro, siento olas golpeando contra mi corazón, y me da la impresión de que la espuma que crean me va a salir por la boca en forma de palabras. Y, de repente, todo lo que me rodea adquiere formas redondeada, no hay bordes, no hay esquinas.»

Las mujeres protagonizan la trama -ellas son quienes hablan y toman decisiones- y cada personaje tiene elementos en común con otros: Luisa y Nerea son, en diferentes momentos de sus vidas, madre e hija, cuidadora y objeto de cuidado; Dolores y Maite constituyen el apoyo de Luisa y Nerea; Germán y Carlos representan el primer amor roto de forma dolorosa... Sus relaciones ejemplifican experiencias personales y dinámicas familiares universales y, sobre todo, muestran cómo influye el pasado en nuestras vidas, tanto aquello que recordamos como lo que se desconocía y es descubierto.

«Seis mujeres miran a la cámara y sonríen, inmersas en un universo en blanco y negro. Acerco la fotografía a la mano de mi madre e, igual que los recién nacidos se agarran al dedo que les toca la mano, mi madre toma la fotografía en su mano, como por un acto reflejo, como por inercia. Igual que Maialen tomó mi mano al poco de nacer.»

Nerea, la narradora, una periodista que toma conciencia de cómo el frágil equilibrio de su vida está en peligro, nos desvela por completo sus pensamientos, a veces recurrentes -hay muchos elementos que se repiten a lo largo del texto, como hilo conductor de la evolución de la protagonista-. Y también demuestra que el cambio es inevitable -«La que guarda en su recuerdo ya no existe», nos advierte- pero que podemos liberarnos del miedo y crecer. Para conocer cómo lo consigue, y para emocionarnos junto a ella, basta con sumergirse en este libro. Al finalizar, uno se pregunta qué será de Maialen, la tercera generación de esta familia de la que hemos formado parte, siquiera como testigos, durante ciento cincuenta páginas.

27 de marzo de 2017

Emigrantes: un artículo de Shaun Tan

Cuando preparaba una tertulia sobre Emigrantes, la obra más conocida de Shaun Tan, encontré un largo artículo escrito por el propio autor y disponible de forma parcial en su web.
Por su gran interés -para analizar la obra y el tema principal, como presentación de algunos elementos técnicos del cómic y reflexión sobre los significados de las obras artísticas- me animé a traducir el texto:

«Revisando gran parte de mi trabajo anterior como ilustrador y escritor, me doy cuenta de que me interesa permanentemente el concepto de “pertenencia”, en especial la búsqueda o la pérdida de la misma. No estoy seguro de si esto tiene algo que ver con mi propia vida; parece ser una preocupación subconsciente, más que consciente. Una de las experiencias que, quizá, haya contribuido a ello puede ser la de crecer en Perth, una de las ciudades más aisladas del mundo, entre un vasto desierto y un océano aún más extenso. En concreto, mis padres se instalaron en un suburbio recién creado del norte de la ciudad, desprovisto de cualquier identidad, cultura o historia propias.
Ser medio chino en un lugar en el que esto era bastante inusual podría haber agravado esta sensación, ya que constantemente me preguntaban “¿de dónde eres?”. Mi respuesta, “de aquí”, siempre generaba más preguntas. Por lo menos, era una atención mucho más positiva que el ocasional racismo de bajo nivel que experimenté cuando era niño.
Sin embargo, más allá de cualquier dificultad personal, creo que el “problema” de la pertenencia es una cuestión existencial sobre la que todo el mundo reflexionamos de vez en cuando, sobre todo cuando las cosas van mal o algo desafía nuestra cómoda vida diaria y nuestras expectativas (ese es, además, el momento en que comienza una buena historia). A menudo nos encontramos con nuevas realidades -escuela, trabajo, relación o país- que exigen reinventar nuestro concepto de “pertenencia”.
Esto era lo que más tenía en mente durante el largo periodo en que trabajé en Emigrantes, un libro que trata sobre su experiencia. Teniendo en cuenta mi preocupación por los “extraños en tierras extrañas”, era obvio que abordase ese tema: una historia sobre alguien que salía de su casa para encontrar una nueva vida en un país donde, además de no comprender el idioma, hasta los detalles más básicos y cotidianos resultan confusos. Es un escenario que había imaginado durante varios años antes de que cristalizara en algún tipo de forma narrativa.
El libro no tiene una sola fuente de inspiración, sino que representa la convergencia de varias ideas. Había estado pensado en una etapa un tanto invisible acerca de la historia de los chinos en Australia Occidental, en particular en una zona de South Perth, que ahora es un parque pero que hace un siglo fue un mercado. Hice un poco de investigación sobre quiénes eran esas personas y cómo se relacionaban con la comunidad anglo-australiana, y me motivó especialmente una historia corta, Wong Chu and The Queen’s Letterbox, del escritor australiano T.A.G. Hungerford, que se basa en los recuerdos infantiles del autor sobre un grupo de hombres incomprendidos y segregados, trágicamente separados de sus familias, que habían vuelto a China.
En cuanto a fuentes más cercanas, mi padre llegó en 1960 a Australia desde Malasia para estudiar arquitectura. Así conoció a mi madre, que trabajaba en una tienda de plumas técnicas. Las historias de papá son incompletas y se centran en detalles específicos -la comida desagradable, el tiempo demasiado frío o cálido, malentendidos divertidos, la soledad, etc-. Al investigar varias historias migratorias -comencé por la Australia de posguerra y luego amplié a los periodos de migración masiva hacia los Estados Unidos alrededor de 1900-, fueron los detalles cotidianos los que me parecieron más reveladores de una experiencia humana común y universal, tanto en el pasado lejano como en el más reciente. Tras recoger más anécdotas de amigos nacidos en el extranjero -y de mi pareja, de origen finés-, me di cuenta de los muchos problemas comunes a los que se enfrentan los migrantes, con independencia de su nacionalidad y destino: enfermedad, pobreza, pérdida de estatus social, falta de cualificaciones reconocidas en el país de acogida, separación de la familia.
Al intentar reimaginar tales circunstancias (de las cuales no tengo experiencia directa), el desarrollo de mi idea original sobre un libro de imágenes bastante convencional generó una estructura muy diferente. Parecía que una secuencia visual más larga y fragmentada, sin palabras, captaría mejor una cierta sensación de incertidumbre y descubrimiento que descubrí en mi investigación. También me llamó la atención la idea de tomar prestado el “lenguaje” de los viejos archivos pictóricos y los álbumes de fotos familiares que había estado viendo, que contienen tanto claridad documental como un enigmático silencio sepia. Se me ocurrió que los álbumes de fotos son solo otro tipo de libro de imágenes que todo el mundo hace y lee, una serie de imágenes cronológicas que ilustran la historia de la vida de alguien. Apelan a nuestra memoria y nos invitan a llenar las brechas silenciosas, animándolas con la adición de nuestra propia historia.
En Emigrantes, la ausencia de cualquier descripción escrita pone al lector en los zapatos de una persona inmigrante. No hay ninguna guía sobre cómo interpretar las imágenes, y nosotros mismos debemos buscarles significado. Las palabras captan de forma notable nuestra atención e influyen en cómo interpretamos las imágenes que las acompañan: en su ausencia, una imagen puede tener más espacio conceptual a su alrededor, e invita a una atención más prolongada de un lector que de otra manera podría fijarse solo en el texto más cercano, dejando de lado su imaginación.
(...)
El poder de la narración silenciosa no se muestra únicamente en la eliminación de la distracción de las palabras. También ralentiza al lector para que pueda reparar en cada pequeño detalle y en cada acción.
Por supuesto, esto supuso algún coste, ya que las palabras son vehículos maravillosamente adecuados para las ideas. En su ausencia, incluso describir las acciones más simples, como embalar una maleta, comprar un pasaje, cocinar o pedir trabajo, amenazaban con convertirse, al dibujarlo, en un ejercicio muy complicado, laborioso y potencialmente peligroso. Tuve que encontrar una forma práctica, clara y visualmente económica de guiar este tipo de narración. Inconscientemente, me había encontrado trabajando en una novela gráfica en lugar de en un libro de imágenes. No hay una gran diferencia entre los dos, pero quizá en una novela gráfica hay mucho más énfasis en la continuidad entre elementos múltiples; en realidad está más cerca en muchos aspectos de la realización de películas que de la ilustración de libros.
Nunca he sido un gran lector de cómics (había llegado a la ilustración como un pintor), por lo que parte de mi investigación se reorientó a estudiar diferentes tipos de cómics y novelas gráficas. ¿Qué formas tienen las viñetas? ¿Cuántas debe tener una página? ¿Cuál es la mejor manera de hacer una transición entre escenas? ¿Cómo se controla el ritmo de la narración, sobre todo cuando no hay palabras? Una referencia útil fue Entender el cómic. El arte invisible, de Scott McCloud, que detalla muchos aspectos del "arte secuencial" de una manera que es a la vez teórica y práctica, en especial porque es un libro de texto escrito muy hábilmente como un cómic. También noté que muchos cómics japoneses (manga) usan grandes extensiones de narrativa silenciosa, y explotan un sentido visual del tiempo que es ligeramente diferente del de los cómics occidentales, lo que me pareció muy instructivo. Simultáneamente, había estado trabajando hacía poco como director de animación para un estudio en Londres, adaptando La cosa perdida como un cortometraje (donde gran parte de la narración es silenciosa) y estudiando atentamente las técnicas utilizadas por los artistas y editores de storyboard en esa industria. Todas estas “investigaciones” contribuyeron a desarrollar el estilo y la estructura del libro a través de varias revisiones completas.
El proceso real de producir las imágenes finales llegó a ser más como la realización de películas que como la ilustración convencional. Consciente de la importancia de mantener la congruencia entre viñetas, junto con un interés estilístico por las primeras fotografías, construí físicamente algunos "escenarios" básicos con trozos de madera y cajas de nevera, muebles y objetos domésticos. Estos se convirtieron en modelos sencillos para las estructuras dibujadas en el libro, desde edificios altísimos hasta las mesas de desayuno. Con la iluminación adecuada, y algunos amigos actuando como los personajes trazados en los bocetos, pude grabar composiciones y secuencias de acción que se aproximaban a cada escena. Seleccionando imágenes fijas, jugué con ellas digitalmente, distorsionando, sumando y restando, dibujando sobre la parte superior y probando varias secuencias para ver cómo podían ser “leídas”. Se convirtieron en las referencias de composición para los dibujos finales, que fueron producidos por un método más pasado de moda: el lápiz de grafito. Para cada página de hasta doce imágenes, todo el proceso duró alrededor de una semana... sin incluir los intentos desechados, de los cuales había varios.
Gran parte de la dificultad consistía en combinar imágenes realistas de referencia -personas y objetos- en un mundo completamente imaginario, ya que este siempre fue mi concepto central. Con el fin de entender mejor lo que es viajar a un nuevo país, quería crear un lugar de ficción igualmente desconocido para los lectores de cualquier edad (incluido yo). Este es, por supuesto, el momento en que mi afición por las "tierras extrañas" alzó el vuelo, ya que tenía algunas nociones previas sobre un lugar donde los pájaros son simplemente "como-pájaros " y los árboles "como-árboles", donde la gente se viste extrañamente, los accesorios del apartamento son confusos y las actividades ordinarias en la calle muy peculiares. Esto, que es lo que imagino deben sentir muchos inmigrantes, lo examino a través de la ilustración, donde cada detalle puede ser dibujado a mano.
Dicho esto, los mundos imaginarios nunca deben ser "pura fantasía", y sin un marco concreto de realidad, pueden terminar con la incredulidad suspendida del lector, o simplemente confundirlo demasiado. Siempre estoy interesado en encontrar el equilibrio adecuado entre objetos cotidianos, animales y personas, y sus alternativas mucho más fantasiosas. En el caso de Emigrantes, dibujé mis propios recuerdos de viajes a países extranjeros, esa sensación de tener nociones básicas pero imprecisas de cosas a mi alrededor, una conciencia de entornos saturados de significados ocultos: todo muy extraño pero absolutamente convincente. En mi país sin nombre, criaturas peculiares emergen de ollas y cuencos, luces flotantes vagan inquisitivamente a lo largo de las calles, puertas y armarios ocultan su contenido, y todo lo que hay alrededor son avisos que llaman, invitan o advierten en alfabetos indescifrables. Son elementos equivalentes a algunos momentos que he experimentado como viajero, donde incluso simples actos de comprensión son un reto.
Una de mis principales fuentes de referencia visual fue Nueva York a principios del siglo XX, un gran centro de migración masiva para los europeos. Muchas de mis "imágenes de inspiración" pegadas a las paredes de mi estudio eran fotografías antiguas de la llegada de inmigrantes a Ellis Island, notas visuales que proporcionaron los conceptos subyacentes, el tono y el ambiente de muchas escenas que aparecen en el libro. Otras imágenes que coleccioné, tanto por su carácter ordinario como por la extrañeza que podían generar, representaban escenas callejeras en ciudades europeas, asiáticas y del Medio Oriente: vehículos anticuados, plantas y animales al azar, letreros y carteles en tiendas, interiores de apartamentos, fotos de personas que trabajaban, comían, hablaban y jugaban. Los elementos de mis dibujos evolucionaron gradualmente a partir de estos orígenes bastante simples. Una escultura colosal en medio de un puerto de la ciudad, la primera vista extraña que saluda a los migrantes que llegan, sugiere una hermandad con la Estatua de la Libertad. Una escena de inmigrantes que viajaban en una nube de globos blancos se inspiró en imágenes de emigrantes embarcando en trenes, así como en el desove nocturno de pólipos de coral, dos ideas asociadas a temas comunes subyacentes: la dispersión y la regeneración.
Incluso los fenómenos más imaginarios del libro están destinados a tener algún peso metafórico, aunque no se refieran a cosas específicas, y pueden ser difíciles de explicar plenamente. Una de las imágenes en las que había estado pensando durante años estaba relacionada con una escena de edificios podridos, sobre los cuales "nadaban" una especie de enormes serpientes negras. Me di cuenta de que éstas podían ser interpretadas de varias maneras: literalmente, como una infestación de monstruos, o más en sentido figurado, como una especie de amenaza opresiva. E incluso entonces está abierto al lector individual decidir si su sentido puede ser político, económico, personal o cualquier otra cosa, dependiendo de qué ideas o sentimientos le puede inspirar esa escena.
Raramente me interesan los significados simbólicos, donde una cosa "representa" otra cosa, porque esto disuelve el poder de la ficción para ser reinterpretada. Me siento más atraído por una especie de resonancia o poesía intuitiva que podemos disfrutar al mirar imágenes y "entender" lo que vemos sin necesariamente poder articularlo. Un personaje clave en mi historia es una criatura que se parece a un renacuajo que anda, tan grande como un gato y que tiene la intención de formar una amistad no deseada con el protagonista principal. Tengo mis propias impresiones sobre de qué se trata -de nuevo, tiene algo que ver con el aprendizaje sobre la aceptación y la pertenencia- pero tendría un montón de problemas para tratar de expresar esto plenamente en palabras. Parece tener mucho más sentido como una serie de silenciosos dibujos a lápiz.
A menudo busco en cada imagen cosas que son lo suficientemente extrañas como para invitar a un alto grado de interpretación personal, aunque todavía mantengan un enlace con la realidad. La experiencia de muchos inmigrantes traza un interesante paralelo con la forma creativa y crítica de mirar que intento seguir como artista. Hay un tipo similar de búsqueda de sentido e identidad en un entorno que puede ser alternativamente transparente y opaco, sensible y confuso, pero siempre abierto a la reevaluación. Espero que más allá de su tema inmediato, cualquier narración ilustrada pueda animar a sus lectores a dedicar un momento a mirar más allá de lo "corriente" de sus propias circunstancias, y considerarlo desde una perspectiva ligeramente diferente. Uno de los grandes poderes de la narración es que nos invita a caminar en los zapatos de otras personas por un tiempo pero, quizás más importante aún, también nos invita a contemplar nuestros propios zapatos. Sería bueno pensar en nosotros mismos como posibles extraños en nuestra propia tierra extraña. No es probable que las conclusiones que se extraigan de esto sean fácilmente resumibles, lo que es una razón más para reflexionar más sobre las conexiones entre las personas y los lugares, y lo que podríamos querer decir cuando hablamos de “pertenecer”.»